10/14/2010

PostHeaderIcon Anne Rice, El lardón de cuerpos





Primera hora del alba, cuando está por salir el sol. La hora en que, en el pasado, a menudo me encontraba meditando, cansado, medio enamorado del cambiante cielo. Me bañé lentamente, con esmero, en el cuartito de baño lleno de luz tenue y vapor. Tenía la mente despejada y sentía regocijo, como si el hecho de que la enfermedad me hubiera dado tregua fuese una forma de felicidad. Me afeité con cuidado hasta que la piel quedó totalmente suave y después, registrando en el pequeño botiquín tras el espejo, encontré lo que buscaba: las funditas de goma que la pondrían a salvo de mí, de la posibilidad de que le plantara un bebé en sus entrañas, para que este cuerpo no le pasara ninguna otra simiente sombría y pudiera perjudicarla de formas que yo no podía prever.
Extraños objetos esos, guantes para el miembro. Me habría gustado tirarlos, pero estaba decidido a no cometer los errores de antes. Cerré la puertita-espejo tratando de no hacer ruido. Sólo entonces vi un telegrama pegado con cinta en la parte superior, un rectángulo de papel amarillento con letras algo confusas:
GRETCHEN, REGRESA,
TE NECESITAMOS. NO HAREMOS PREGUNTAS. TE ESPERAMOS.
La fecha era muy reciente, de apenas unos días antes. Y el lugar de origen, Caracas, Venezuela. Me acerqué a la cama con sumo cuidado para no hacer ruido, y coloqué los pequeños dispositivos de seguridad sobre la mesita, listos. Volví a acostarme a su lado y comencé a besar su boca dormida. Lentamente besé sus mejillas, sus ojos. Quise sentir sus pestañas con mis labios.
Quise sentir la carne de su cuello. No para matar: para besar; no por posesión sino para esa breve unión física que no robaría nada a ninguno de los dos; por el contrario, nos aunaría en un placer muy agudo, semejante al dolor.
Poco a poco fue despertando bajo mis caricias.
—Confía en mí —murmuré—. No te haré daño.
—Pero es que quiero que me hagas daño —me dijo al oído. Con mucha suavidad le quité el grueso camisón.
Quedó acostada boca arriba, mirándome, sus pechos hermosos como toda ella, las aureolas de los pezones muy pequeñas y rosadas, y los pezones mismos, duros. Su vientre era suave, sus caderas anchas. Una encantadora sombra de pelo marrón entre las piernas, reluciendo a la luz que se filtraba por las ventanas. Me incliné y besé ese pelo. Besé sus muslos, separé sus piernas con la mano, hasta que se abrió a mí la carne tibia del interior, y sentí mi miembro rígido, preparado. Contemplé su lugar secreto, cubierto, púdico, y un rosa oscuro en su tierno velo de plumón. Una excitación aguda me recorrió, endureciendo más mi miembro. Podía haberla forzado, tan urgente era la sensación que me inundaba. Pero no, esta vez no. Subí, me puse a su lado, le di vuelta la cara y acepté sus besos, lentos, torpes, inexpertos. Sentí su pierna apretada contra la mía, sus manos sobre mí, buscando la tibieza de mis axilas, el húmedo pelo inferior de ese cuerpo de hombre, oscuro, grueso. Era mi cuerpo, y estaba listo para ella, a la espera. Fue mi pecho lo que tocó, aparentemente complacida con su dureza. Mis brazos, los que besó como si valorara su fuerza. La pasión que había en mí disminuyó levemente, pero al instante volvió a crecer, luego se apagó de nuevo, y una vez más aumentó. No vino a mi mente ninguna idea de beber sangre; nada que tuviera que ver con la pujante vida de ella que en otra época yo podía haber consumido. Por el contrario, el momento estuvo perfumado con el suave calor de su cuerpo viviente. Y me pareció una bajeza que algo pudiera dañarla, que algo pudiera arruinar su misterio elemental, el misterio de su confianza, de su anhelo, de su miedo profundo y también elemental. Deslicé mi mano hasta la puertita; qué pena que esa unión fuera a ser tan parcial, tan breve. Después, cuando mis dedos tantearon el virginal pasaje, el fuego dominó su cuerpo. Sus senos se hincharon contra mí, y la sentí abrirse, pétalo a pétalo, al tiempo que su boca, dura, se pegaba contra la mía. Pero, ¿y los peligros? ¿No la inquietaban? Parecía despreocupada en su pasión, totalmente bajo mi dominio. Hice un esfuerzo para detenerme, abrir el sobrecito y envolver mi órgano con la pequeña funda, mientras sus ojos pasivos seguían clavados en mí, como si ya no tuviera voluntad propia. Era esa entrega la que necesitaba, la que su propio ser se exigía. Una vez más me puse a besarla. Estaba húmeda, lista para mí y no podía contenerme más, y cuando me subí sobre su cuerpo, noté el estrecho pasaje ceñido, caliente y enloquecedor, bañado en sus propios jugos. Vi que la sangre subía a sus mejillas y el ritmo se aceleraba; incliné mis labios para lamer sus pezones, para reclamar nuevamente su boca.
Cuando dejó escapar el gemido final, fue como un gemido de dolor. Y ahí estaba otra vez el misterio: que algo pudiera ser tan perfecto, consumado, y haber durado tan poco, un instante invalorable. ¿Había sido unión? ¿Nos fusionamos uno con el otro en el clamoroso silencio? No creo que haya sido unión. Por el contrario, me pareció la mas violenta de las separaciones: dos seres opuestos que se arrojaban en brazos uno del otro, en celo, torpemente, desconociendo los sentimientos insondables del otro, una vivencia de dulzura terrible como su brevedad, de una soledad hiriente como su innegable fuego.
Nunca ella me había parecido tan frágil como me pareció en ese momento, con los ojos cerrados, la cabeza vuelta contra la almohada, sus pechos ya aquietados. Me pareció una imagen para provocar violencia, para producir la más desenfrenada crueldad en el corazón masculino. ¿Eso a qué se debía? ¡No quería que ningún otro mortal la tocara! No quería que su propia culpa la tocara. No quería que el remordimiento la afectara, que la rozara ninguno de los otros males de la mente humana. Sólo entonces volví a pensar en el Don Misterioso, y no en Claudia sino en el dulce esplendor palpitante que fue hacer a Gabrielle. Armada de fortaleza y certidumbre, ella había iniciado su deambular sin sentir jamás tormento moral alguno cuando comenzaron a rodearla las infinitas complejidades del gran mundo. Pero, ¿quién podía saber lo que era capaz de brindar la Sangre Misteriosa a cualquier alma humana? Y esa mujer, una persona virtuosa, que creía en dioses antiguos e implacables, bebía la sangre de mártires y el embriagador sufrimiento de mil santos. Ella por cierto nunca iba a pedir ni aceptar el Don Misterioso, como tampoco lo haría David. Pero, ¿qué importaban esas cuestiones mientas ella no supiera con certeza que lo que yo decía era verdad? ¿Y si nunca podía demostrarle mi sinceridad? ¿Y si nunca volvía a tener la Sangre Misteriosa dentro de mí para dársela a nadie, y quedaba eternamente encerrado dentro de esa carne mortal? Permanecí callado, mirando cómo la habitación se iba llenando de claridad. Vi llegar la luz al cuerpo del Cristo crucificado que había sobre la biblioteca; la vi caer sobre la cabeza inclinada de la Virgen. Acurrucados uno contra el otro, volvimos a dormirnos.

Anne Rice, 
Libro 4 de Las Crónicas Vampiricas,  
El ladrón de cuerpos (1992)
Capítulo 15.

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