2/29/2012

PostHeaderIcon Oliverio Girondo, Llorar a lágrima viva

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.


Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
2/18/2012

PostHeaderIcon Notre-Dame de París, Victor Hugo


UTILIDAD DE LAS VENTANAS

La Esmeralda permaneció silenciosa unos momentos y luego, con una lágrima en sus ojos y un suspiro en sus labios, dijo.

‑¡Os amo señor!

Rodeaba a la joven tal perfume de castidad y tal encanto de vir­tud que Febo no acababa de encontrarse a gusto junto a ella. Sin embargo se sintió enardecido por aquella confesión.

‑¡Que me amáis, decís? ‑esbozó entusiasmado al tiempo que pasaba su brazo por la cintura de la gitana.

Era ésta la ocasión que estaba esperando. El sacerdote lo vio y tocó con la yema del dedo un puñal que llevaba oculto en el pecho.

‑Febo ‑prosiguió con dulzura la gitana apartando suavemen­te de su talle las manos tenaces del capitán‑, sois bueno, gene­roso y bello y me habéis salvado a mí que no soy más que una pobre muchacha perdida en Bohemia. Hace mucho tiempo que sueño con un oficial que me salva la vida. Ya soñaba con vos an­tes de conoceros, Febo. En mi sueño había un hermoso uniforme, como el vuestro, una gran apostura, una espada. Además os lla­máis Febo que es un nombre muy bonito; me gusta vuestro nom­bre y vuestra espada. Sacadla, Febo, para que pueda verla.

‑¡Qué niña! ‑dijo el capitán al tiempo que desenvainaba su sable sonriente. La gitana miró la empuñadura, la hoja y examinó con adorable curiosidad las iniciales de la guarda y besó la espada diciéndole.

‑Sois la espada de un valiente. Amo a mi capitán.

Febo aprovechó nuevamente aquella ocasión para besar su her­moso cuello, lo que hizo que la joven, escarlata como una cereza, se incorporara.

Los dientes del archidiácono rechinaron en la oscuridad de su escondrijo.

‑Febo, dejadme hablaros ‑dijo la gitana‑. Andad un porn para que pueda ver lo apuesto que sois y para que oiga resonar vuestras espuelas. ¡Qué guapo sois!

El capitán se levantó para complacerla riñéndola con una son­risa de satisfacción.

‑¡Sois como una niña! A propósito, encanto, ¿me habéis visto alguna vez con uniforme de gala?

‑No; ¡qué lástima! ‑le respondió ella.

‑¡Eso sí que me cae bien!

Febo volvió a sentarse pero en esta ocasión mucho más cerca de ella.

‑Escuchad, querida.

La gitana le dio unos golpecitos en la boca con su linda mano, con un gesto lleno de gracia y de alegría.

‑No, no os escucharé. ¿Me amáis? Quiero oíros decir que me amáis.

‑¡Que si te amo, ángel de mi vida! ‑exclamó el capitán arro­dillándose‑. Mi cuerpo, mi alma, mi sangre, todo es tuyo, todo es para ti. Te quiero y no he querido a nadie más que a ti.

El capitán había repetido tantas veces esta misma frase y en tantas situaciones tan similares que la soltó de corrido y sin un solo error. Ante esta declaración apasionada, la egipcia dirigió ha­cia el sucio techo, a falta de un cielo mejor, una mirada llena de angélica felicidad.

‑¡Oh! ‑dijo entre murmullos‑; ¡éste es uno de los momen­tos en que uno debería morir!

Febo dedujo que era un buen «momento» para robarle otro beso.

‑¡Morir! ‑exclamó el enamorado capitán‑. ¿Qué es lo que estáis diciendo, ángel mío? ¡Es justamente el momento de vivir! ¡Morir al comienzo de algo tan dulce! ¡Por los cuernos de un buey, qué tontería! ¡Ni hablar!; escuchadme mi querida Similar... Esme­narda... Perdón, pero vuestro nombre es tan prodigiosamente sa­rraceno que me resulta difícil pronunciarlo. Es como la espesura por donde sólo despacio se puede andar.

‑¡Dios mío! ‑dijo la pobre muchacha‑. ¡Yo que creía que mi nombre era bonito por su singularidad!, pero, puesto que no os agrada, me gustaría llamarme Goton.

‑¡Ay! ¡No hay que llorar por cosas tan triviales, encanto! Es un nombre al que sólo hay que acostumbrarse y eso es todo; en cuanto me lo aprenda bien, saldrá solito; ya verás. Escuchadme, querida Similar, os adoro con pasión. Y lo que es realmente mi­lagroso es que os amo de verdad. Sé de una jovencita que se mue­re de rabia.

La joven, un poco celosa, le interrumpió.

‑¿Quién es?

‑¡Qué más nos da! ‑dijo Febo‑. ¿Vos me amáis?

‑¡Oh! ‑exclamó ella.

‑Pues entonces no hay más que hablar. Ya veréis cómo tam­bién yo os amo. Que Neptuno me ensarte si no os hago la cria­tura más feliz del mundo. Encontraremos una casita en cualquier parte y haré desfilar a mis arqueros bajo vuestras ventanas. Van todos a caballo y dejan pequeños a los del capitán Mignon. Hay ballesteros, lanceros y culebrines de mano. Os llevaré a ver las grandes maniobras de los parisinos al campo de Rully. ¡Es mag­nífico! ¡Ochenta mil hombres armados y treinta mil arneses blan­cos! Las sesenta banderas de todos los cuerpos, estandartes del parlamento, del tribunal de cuentas, del tesoro de los generales... en fin, una parada de todos los demonios. Os enseñaré los leones del palacio del rey, que son bestias realmente salvajes. A todas las mujeres les gusta mucho.

Hacía ya algún tiempo que la muchacha, subyugada por sus fe­lices pensamientos, estaba soñando al eco de la voz del capitán, pero no escuchaba sus palabras.

‑¡Oh! ¡Ya lo creo que seréis feliz! ‑proseguía el capitán al tiempo que soltaba suavemente el cinturón de la gitana.

‑Pero, ¿qué estáis haciendo? ‑dijo ella con presteza.

Aquella vía de hecho la había despertado de sus fantasías.

‑Nada ‑respondió Febo‑. Sólo decía que sería conveniente abandonar toda esta vestimenta de fantasía y de bailarina cuando viváis conmigo.

‑¡Cuando viva contigo, mi querido Febo! ‑dijo la joven con ternura. Y se quedó silenciosa y pensativa.

El capitán, animado por esa ternura, la tomó nuevamente del talle sin que ella se resistiera y comenzó muy suavemente a soltar los lazos de la blusa de la muchacha y soltó tanto su gorgueruelo que el archidiácono, nervioso, vio aparecer por entre el tul de la blusa el bello hombro desnudo de la gitana, suave y moreno cual una luna surgiendo en el horizonte entre brumas.

La joven dejaba hacer a Febo y parecía no darse cuenta de ello. La mirada del joven capitán se encendía.

De pronto, volviéndose hacia él con expresión amorosa, le dijo:

‑Febo, tienes que instruirme en tu religión.

‑¿En mi religión? ‑exclamó Febo soltando una risotada‑. ¡Instruiros yo en mi religión! ¡Rayos y truenos! ¿Qué pensáis ha­cer con mi religión?

‑Es para casarnos ‑respondió ella.

El rostro del capitán adquirió una expresión que reflejaba al mismo tiempo la sorpresa y el desdén, la despreocupación y la pa­sión libertina.

‑Pero, bueno, ¿nos vamos a casar?

La gitana se quedó pálida y dejó caer tristemente la cabeza so­bre su pecho.

‑Veamos, mi bella enamorada. ¿Qué locuras son ésas? ¡Va­liente cosa el matrimonio! ¿Se es acaso menos amante por no ha­ber soltado unos latinajos delante de un cura?

Y mientras decía estas cosas con una voz dulce, se iba aproxi­mando cada vez más a la gitana; sus manos acariciadoras habían vuelto a su posición primera, rodeando aquel talle tan fino y grá­cil; sus ojos se encendían con más viveza y todo anunciaba que el señor Febo había llegado a uno de esos momentos en que el mis­mo Júpiter hace tantas tonterías que el bueno de Homero se ve obligado a llamar a una nube en su ayuda.

Sin embargo, dom Claude lo presenciaba todo; aquella porte­zuela estaba hecha con duelas de tonel, podridas ya, que le per­mitían ver cómodamente a través de sus anchas rendijas. Aquel sacerdote de piel cetrina y de anchos hombros, condenado hasta entonces a la austera virginidad del claustro, se estremecía y enar­decía ante aquellas escenas de amor de noche y de voluptuosidad.

Aquella joven y hermosa muchacha, entregada apasionadamente a aquel otro joven ardoroso, le encendía la sangre en sus venas y se producían en su interior extrañas reacciones. Su vista se per­día, celosa y lasciva, en lo que las manos del capitán iban desvelando.

Si alguien entonces hubiera podido contemplar el aspecto del desventurado clérigo pegado a aquellas tablas apolilladas habría creído ver a un tigre observando cómo un chacal devoraba a una gacela. Sus pupilas brillaban como ascuas a través de las grietas de la puerta.

De pronto, Febo arrancó de un gesto rápido el gorgueruelo de la gitana. La pobre muchacha que se había quedado pálida y so­ñadora, reaccionó con un sobresalto y se separó bruscamente del intrépido capitán al ver desnudos su cuello y sus hombros, roja de confusión y muda de vergüenza, cruzó sus brazos sobre sus se­nos para ocultarlos. A no ser por el fuego encendido de sus me­jillas, viéndola así silenciosa a inmóvil, se habría dicho que era la estatua del pudor. Sus ojos se mantenían bajos. Pero aquel gesto del capitán puso al descubierto el miserioso amuleto que le col­gaba del cuello.

‑¿Qué es esto? ‑le dijo tomándolo como pretexto para acer­carse de nuevo a la joven a la que acababa de asustar.

‑No lo toquéis ‑respondió ella con viveza‑, es mi guardián. Él me permitirá un día encontrar a mi familia. Si me conservo digna de ello. ¡Oh! ¡Dejadme, capitán! ¡Madre mía, mi pobre ma­dre! ¿Dónde estás? ¡Ayúdame! ¡Por favor, señor Febo, devolved­me mis prendas!

Febo retrocedió y dijo fríamente.

‑¡Ay! ¡Ya veo que no me queréis!

‑¡Que no os amo! ‑exclamó la pobre desventurada, al tiem­po que se abrazaba al capitán, al que hizo sentarse a su lado. ¡Que no os amo, Febo de mi alma! ¡Que no os amo, Febo de mi vida! ¡Qué estás diciendo, cruel, que me desgarras el corazón! ¡Tóma­me! ¡Tómame toda! ¡Haz de mí lo que desees! ¡Soy toda tuya! ¡Qué puede importarme el amuleto! ¡Qué me importa mi madre! ¡Tú eres mi madre pues es a ti a quien yo amo! ¡Febo, mi bien amado Febo! ¿Me ves? Soy yo, mírame. Soy esa muchacha, a la que tú no deseas abandonar, que viene a ti, que te busca. Mi vida, mi alma, mi cuerpo, todo os pertenece, capitán. No nos casare­mos si eso te disgusta; pero además, ¿quién soy yo? Una desgra­ciada mujer del arroyo, mientras que tú, Febo, eres un gentilhom­bre. ¡Buena cosa en verdad! ¡Una bailarina casándose con un ofi­cial! ¡Estaba loca! No, Febo, no. Seré tu amante, tu diversión, tu placer. Siempre que lo desees seré tuya. ¡Qué me importa ser des­preciada, manchada, deshonrada! Para eso he nacido. ¡Ser amada! Seré la más feliz y la más orgullosa de todas las mujeres. Y cuan­do sea vieja y fea, Febo, cuando ya no sirva para amaros, enton­ces aún podré serviros; otras os bordarán pañuelos; yo seré la cria­da que se ocupará de vos; me permitiréis sacar brillo a vuestras espuelas, cepillar vuestro uniforme, quitar el polvo a vuestras bo­tas de montar. ¿Verdad, Febo mío, que me permitiréis hacerlo? Mientras tanto, ¡tómame! ¡Toma, Febo, todo te pertenece! ¡Ámame, no te pido más! Nosotras las gitanas sólo eso necesita­mos: amor y aire libre.

Y mientras así hablaba, colgaba sus brazos del cuello del ofi­cial; le miraba alzando los ojos, suplicante, con una bella sonrisa y toda llorosa mientras su delicado pecho rozaba la sobreveste de paño y los ásperos bordados. Su bello cuerpo medio desnudo se asía a sus rodillas.

El capitán, embriagado de deseo, colocó sus ardientes labios en aquellos bellísimos hombros africanos. La muchacha, con la mi­rada perdida en el techo, echada hacia atrás, se estremecía jadean­te bajo aquel beso.










UTILITÉ DES FENÊTRES QUI DONNENT SUR LA RIVIÈRE
La Esmeralda resta un moment silencieuse, puis une larme sortit de ses yeux, un soupir de ses lèvres, et elle dit:
« Oh ! monseigneur, je vous aime. »
Il y avait autour de la jeune fille un tel parfum de chasteté, un tel charme de vertu que Phoebus ne se sentait pas complètement à l’aise auprès d’elle. Cependant cette parole l’enhardit.
« Vous m’aimez ! » dit-il avec transport, et il jeta son bras autour de la taille de l’égyptienne. Il n’attendait que cette occasion.
Le prêtre le vit, et essaya du bout du doigt la pointe d’un poignard qu’il tenait caché dans sa poitrine.
« Phoebus, poursuivit la bohémienne en détachant doucement de sa ceinture les mains tenaces du capitaine, vous êtes bon, vous êtes généreux, vous êtes beau. Vous m’avez sauvée, moi qui ne suis qu’une pauvre enfant perdue en Bohême. Il y a longtemps que je rêve d’un officier qui me sauve la vie. C’était de vous que je rêvais avant de vous connaître, mon Phoebus. Mon rêve avait une belle livrée comme vous, une grande mine, une épée. Vous vous appelez Phoebus, c’est un beau nom. J’aime votre nom, j’aime votre épée. Tirez donc votre épée, Phoebus, que je la voie.
– Enfant !» dit le capitaine, et il dégaina sa rapière en souriant. L’égyptienne regarda la poignée, la lame, examina avec une curiosité adorable le chiffre de la garde, et baisa l’épée en lui disant :
 « Vous êtes l’épée d’un brave. J’aime mon capitaine. »
Phoebus profita encore de l’occasion pour déposer sur son beau cou ployé un baiser qui fit redresser la jeune fille écarlate comme une cerise.
Le prêtre en grinça des dents dans ses ténèbres.
 « Phoebus, reprit l’égyptienne, laissez-moi vous parler. Marchez donc un peu, que je vous voie tout grand et que j’entende sonner vos éperons. Comme vous êtes beau ! »
Le capitaine se leva pour lui complaire, en la grondant avec un sourire de satisfaction :
« Mais êtes-vous enfant !
– A propos, charmante, m’avez-vous vu en hoqueton de cérémonie ?
– Hélas ! non, répondit-elle.
– C’est cela qui est beau ! »
Phoebus vint se rasseoir près d’elle, mais beaucoup plus près qu’auparavant.
« Écoutez, ma chère… »
L’égyptienne lui donna quelques petits coups de sa jolie main sur la bouche avec un enfantillage plein de folie, de grâce et de gaieté. « Non, non, je ne vous écouterai pas.
– M’aimez-vous ? Je veux que vous me disiez si vous m’aimez.
– Si je t’aime, ange de ma vie ! s’écria le capitaine en s’agenouillant à demi. Mon corps, mon sang, mon âme, tout est à toi, tout est pour toi. Je t’aime, et n’ai jamais aimé que toi.»
Le capitaine avait tant de fois répété cette phrase, en mainte conjoncture pareille, qu’il la débita tout d’une haleine sans faire une seule faute de mémoire. A cette déclaration passionnée, l’égyptienne leva au sale plafond qui tenait lieu de ciel un regard plein d’un bonheur angélique.
«Oh ! murmura-t-elle, voilà le moment où l’on devrait mourir ! »
Phoebus trouva « le moment » bon pour lui dérober un nouveau baiser qui alla torturer dans son coin le misérable archidiacre.
«Mourir ! s’écria l’amoureux capitaine. Qu’est-ce que vous dites donc là, bel ange ? C’est le cas de vivre, ou Jupiter n’est qu’un polisson ! Mourir au commencement d’une si douce chose ! corne-de-boeuf, quelle plaisanterie ! – Ce n’est pas cela. – Écoutez, ma chère Similar… Esmenarda… Pardon, mais vous avez un nom si prodigieusement sarrazin que je ne puis m’en dépêtrer. C’est une broussaille qui m’arrête tout court.
– Mon Dieu, dit la pauvre fille, moi qui croyais ce nom joli pour sa singularité ! Mais puisqu’il vous déplaît, je voudrais m’appeler Goton.
– Ah ! ne pleurons pas pour si peu, ma gracieuse ! c’est un nom auquel il faut s’accoutumer, voilà tout. Une fois que je le saurai par coeur, cela ira tout seul. – Écoutez donc, ma chère Similar, je vous adore à la passion. Je vous aime vraiment que c’est miraculeux. Je sais une petite qui en crève de rage… »
La jalouse fille l’interrompit :
« Qui donc ?
– Qu’est-ce que cela nous fait ? dit Phoebus. M’aimezvous ?
– Oh ! dit-elle.
– Eh bien ! c’est tout. Vous verrez comme je vous aime aussi. Je veux que le grand diable Neptunus m’enfourche si je ne vous rends pas la plus heureuse créature du monde. Nous aurons une jolie petite logette quelque part. Je ferai parader mes archers sous vos fenêtres. Ils sont tous à cheval et font la nargue à ceux du capitaine Mignon. Il y a des voulgiers, des cranequiniers et des coulevriniers à main. Je vous conduirai aux grandes monstres des Parisiens à la grange de Rully. C’est très magnifique. Quatre-vingt mille têtes armées; trente mille harnois blancs, jaques ou brigandines; les soixante-sept bannières des métiers; les étendards du parlement, de la chambre des comptes, du trésor des généraux, des aides des monnaies; un arroi du diable enfin ! Je vous mènerai voir les lions de l’Hôtel du Roi qui sont des bêtes fauves. Toutes les femmes aiment cela.»
Depuis quelques instants la jeune fille, absorbée dans ses charmantes pensées, rêvait au son de sa voix sans écouter le sens de ses paroles.
«Oh ! vous serez heureuse! continua le capitaine, et en même temps il déboucla doucement la ceinture de l’égyptienne.
– Que faites-vous donc ? dit-elle vivement.
Cette voie de fait l’avait arrachée à sa rêverie.
– Rien, répondit Phoebus. Je disais seulement qu’il faudrait quitter toute cette toilette de folie et de coin de rue quand vous serez avec moi.
– Quand je serai avec toi, mon Phoebus ! » dit la jeune fille tendrement. Elle redevint pensive et silencieuse.
Le capitaine, enhardi par sa douceur, lui prit la taille sans qu’elle résistât, puis se mit à délacer à petit bruit le corsage de la pauvre enfant, et dérangea si fort sa gorgerette que le prêtre haletant vit sortir de la gaze la belle épaule nue de la bohémienne, ronde et brune, comme la lune qui se lève dans la brume à l’horizon.
La jeune fille laissait faire Phoebus. Elle ne paraissait pas s’en apercevoir. L’oeil du hardi capitaine étincelait.
Tout à coup elle se tourna vers lui:
«Phoebus, dit-elle avec une expression d’amour infinie, instruis-moi dans ta religion.
– Ma religion ! s’écria le capitaine éclatant de rire. Moi, vous instruire dans ma religion ! Corne et tonnerre ! qu’estce que vous voulez faire de ma religion ?
– C’est pour nous marier », répondit-elle.
La figure du capitaine prit une expression mélangée de surprise, de dédain, d’insouciance et de passion libertine.
« Ah bah ! dit-il, est-ce qu’on se marie ? »
La bohémienne devint pâle et laissa tristement retomber sa tête sur sa poitrine.
« Belle amoureuse, reprit tendrement Phoebus, qu’est-ce que c’est que ces folies-là ? Grand-chose que le mariage ! est-on moins bien aimant pour n’avoir pas craché du latin dans la boutique d’un prêtre ? »
En parlant ainsi de sa voix la plus douce, il s’approchait extrêmement près de l’égyptienne, ses mains caressantes avaient repris leur poste autour de cette taille si fine et si souple, son oeil s’allumait de plus en plus, et tout annonçait que M. Phoebus touchait évidemment à l’un de ces moments où Jupiter lui-même fait tant de sottises que le bon Homère est obligé d’appeler un nuage à son secours.
Dom Claude cependant voyait tout. La porte était faite de douves de poinçon toutes pourries, qui laissaient entre elles de larges passages à son regard d’oiseau de proie. Ce prêtre à peau brune et à larges épaules, jusque-là condamné à l’austère virginité du cloître, frissonnait et bouillait devant cette scène d’amour, de nuit et de volupté.
La jeune et belle fille livrée en désordre à cet ardent jeune homme lui faisait couler du plomb fondu dans les veines. Il se passait en lui des mouvements extraordinaires. Son oeil plongeait avec une jalousie lascive sous toutes ces épingles défaites.
Qui eût pu voir en ce moment la figure du malheureux collée aux barreaux vermoulus eût cru voir une face de tigre regardant du fond d’une cage quelque chacal qui dévore une gazelle. Sa prunelle éclatait comme une chandelle à travers les fentes de la porte.
Tout à coup, Phoebus enleva d’un geste rapide la gorgerette de l’égyptienne. La pauvre enfant, qui était restée pâle et rêveuse, se réveilla comme en sursaut. Elle s’éloigna brusquement de l’entreprenant officier, et jetant un regard sur sa gorge et ses épaulés nues, rouge et confuse et muette de honte, elle croisa ses deux beaux bras sur son sein pour le cacher. Sans la flamme qui embrasait ses joues, à la voir ainsi silencieuse et immobile, on eût dit une statue de la pudeur. Ses yeux restaient baissés. Cependant le geste du capitaine avait mis à découvert l’amulette mystérieuse qu’elle portait au cou.
«Qu’est-ce que cela ? dit-il en saisissant ce prétexte pour se rapprocher de la belle créature qu’il venait d’effaroucher.
– N’y touchez pas ! répondit-elle vivement, c’est ma gardienne. C’est elle qui me fera retrouver ma famille si j’en reste digne. Oh ! laissez-moi, monsieur le capitaine ! Ma mère ! ma pauvre mère ! ma mère ! où es-tu ? à mon secours ! Grâce, monsieur Phoebus ! rendez-moi ma gorgerette!»
Phoebus recula et dit d’un ton froid:
« Oh ! mademoiselle ! que je vois bien que vous ne m’aimez pas !
– Je ne t’aime pas ! s’écria la pauvre malheureuse enfant, et en même temps elle se pendit au capitaine qu’elle fit asseoir près d’elle. Je ne t’aime pas, mon Phoebus ! Qu’estce que tu dis là, méchant, pour me déchirer le coeur ? Oh ! va ! prends-moi, prends tout ! fais ce que tu voudras de moi. Je suis à toi. Que m’importe l’amulette ! que m’importe ma mère ! c’est toi qui es ma mère, puisque je t’aime ! Phoebus, mon Phoebus bien-aimé, me vois-tu ? c’est moi, regarde-moi. C’est cette petite que tu veux bien ne pas repousser, qui vient, qui vient elle-même te chercher. Mon
âme, ma vie, mon corps, ma personne, tout cela est une chose qui est à vous, mon capitaine. Eh bien, non ! ne nous marions pas, cela t’ennuie. Et puis, qu’est-ce que je suis, moi ? une misérable fille du ruisseau, tandis que toi, mon Phoebus, tu es gentilhomme. Belle chose vraiment ! une danseuse épouser un officier ! j’étais folle. Non, Phoebus, non, je serai ta maîtresse, ton amusement, ton plaisir, quand tu voudras, une fille qui sera à toi, je ne suis faite que pour cela, souillée, méprisée, déshonorée, mais qu’importe ! aimée. Je serai la plus fière et la plus joyeuse des femmes.
Et quand je serai vieille ou laide, Phoebus, quand je ne serai plus bonne pour vous aimer, monseigneur, vous me souffrirez encore pour vous servir. D’autres vous broderont des écharpes. C’est moi la servante, qui en aurai soin. Vous me laisserez fourbir vos éperons, brosser votre hoqueton, épousseter vos bottes de cheval. N’est-ce pas mon Phoebus, que vous aurez cette pitié ? En attendant, prends-moi ! tiens, Phoebus, tout cela t’appartient, aime-moi seulement ! Nous autres égyptiennes, il ne nous faut que cela, de l’air et de l’amour. »
En parlant ainsi, elle jetait ses bras autour du cou de l’officier, elle le regardait du bas en haut suppliante et avec un beau sourire tout en pleurs, sa gorge délicate se frottait au pourpoint de drap et aux rudes broderies. Elle tordait sur ses genoux son beau corps demi-nu.
Le capitaine, enivré, colla ses lèvres ardentes à ces belles épaules africaines. La jeune fille, les yeux perdus au plafond, renversée en arrière, frémissait toute palpitante sous ce baiser.










THE UTILITY OF WINDOWS WHICH OPEN ON THE RIVER.

A conversation between lovers is a very commonplace affair. It is a perpetual "I love you." A musical phrase which is very insipid and very bald for indifferent listeners, when it is not ornamented with some ~fioriture~; but Claude was not an indifferent listener.
"Oh!" said the young girl, without raising her eyes, "do not despise me, monseigneur Phoebus. I feel that what I am doing is not right."
"Despise you, my pretty child!" replied the officer with an air of superior and distinguished gallantry, "despise you, ~tête-Dieu~! and why?"
"For having followed you!"
"On that point, my beauty, we don't agree. I ought not to despise you, but to hate you."
The young girl looked at him in affright: "Hate me! what have I done?"
"For having required so much urging."
"Alas!" said she, "'tis because I am breaking a vow. I shall not find my parents! The amulet will lose its virtue. But what matters it? What need have I of father or mother now?"
So saying, she fixed upon the captain her great black eyes, moist with joy and tenderness.
"Devil take me if I understand you!" exclaimed Phoebus. La Esmeralda remained silent for a moment, then a tear dropped from her eyes, a sigh from her lips, and she said.
"Oh! monseigneur, I love you."
Such a perfume of chastity, such a charm of virtue surrounded the young girl, that Phoebus did not feel completely at his ease beside her. But this remark emboldened him: "You love me!" he said with rapture, and he threw his arm round the gypsy's waist. He had only been waiting for this opportunity.
The priest saw it, and tested with the tip of his finger the point of a poniard which he wore concealed in his breast.
"Phoebus," continued the Bohemian, gently releasing her waist from the captain's tenacious hands.
"You are good, you are generous, you are handsome; you saved me, me who am only a poor child lost in Bohemia. I had long been dreaming of an officer who should save my life. 'Twas of you that I was dreaming, before I knew you, my Phoebus; the officer of my dream had a beautiful uniform like yours, a grand look, a sword; your name is Phoebus; 'tis a beautiful name. I love your name; I love your sword. Draw your sword, Phoebus, that I may see it."
"Child!" said the captain, and he unsheathed his sword with a smile.
The gypsy looked at the hilt, the blade; examined the cipher on the guard with adorable curiosity, and kissed the sword, saying,-- You are the sword of a brave man. I love my captain." Phoebus again profited by the opportunity to impress upon her beautiful bent neck a kiss which made the young girl straighten herself up as scarlet as a poppy. The priest gnashed his teeth over it in the dark.
"Phoebus," resumed the gypsy, "let me talk to you. Pray walk a little, that I may see you at full height, and that I may hear your spurs jingle. How handsome you are!"
The captain rose to please her, chiding her with a smile of satisfaction,
"What a child you are! By the way, my charmer, have you seen me in my archer's ceremonial doublet?"
"Alas! no," she replied.
"It is very handsome!"
Phoebus returned and seated himself beside her, but much closer than before.
"Listen, my dear-"
The gypsy gave him several little taps with her pretty hand on his mouth, with a childish mirth and grace and gayety.
"No, no, I will not listen to you. Do you love me? I want you to tell me whether you love me."
"Do I love thee, angel of my life!" exclaimed the captain, half kneeling.
"My body, my blood, my soul, all are thine; all are for thee. I love thee, and I have never loved any one but thee."
The captain had repeated this phrase so many times, in many similar conjunctures, that he delivered it all in one breath, without committing a single mistake. At this passionate declaration, the gypsy raised to the dirty ceiling which served for the skies a glance full of angelic happiness.
"Oh!" she murmured, "this is the moment when one should die!"
Phoebus found "the moment" favorable for robbing her of another kiss, which went to torture the unhappy archdeacon in his nook.
"Die!" exclaimed the amorous captain, "What are you saying, my lovely angel? 'Tis a time for living, or Jupiter is only a scamp! Die at the beginning of so sweet a thing! ~Corne-de-boeuf~, what a jest! It is not that. Listen, my dear Similar, Esmeralda--Pardon! you have so prodigiously Saracen a name that I never can get it straight.
'Tis a thicket which stops me short."
"Good heavens!" said the poor girl, "and I thought my name pretty because of its singularity! But since it displeases you, I would that I were called Goton."
"Ah! do not weep for such a trifle, my graceful maid! 'tis a name to which one must get accustomed, that is all. When I once know it by heart, all will go smoothly. Listen then, my dear Similar; I adore you passionately. I love you so that 'tis simply miraculous. I know a girl who is bursting with rage over it--"
The jealous girl interrupted him: "Who?"
"What matters that to us?" said Phoebus; "do you love me?"
"Oh!"--said she.
"Well! that is all. You shall see how I love you also. May the great devil Neptunus spear me if I do not make you the happiest woman in the world. We will have a pretty little house somewhere. I will make my archers parade before your windows. They are all mounted, and set at defiance those of Captain Mignon. There are ~voulgiers, cranequiniers~ and hand ~couleveiniers~*. I will take you to the great sights of the Parisians at the storehouse of Rully. Eighty thousand armed men, thirty thousand white harnesses, short coats or coats of mail; the sixty-seven banners of the trades; the standards of the parliaments, of the chamber of accounts, of the treasury of the generals, of the aides of the mint; a devilish fine array, in short! I will conduct you to see the lions of the Hôtel du Roi, which are wild beasts. All women love that."
* Varieties of the crossbow.
For several moments the young girl, absorbed in her charming thoughts, was dreaming to the sound of his voice, without listening to the sense of his words.
"Oh! how happy you will be!" continued the captain, and at the same time he gently unbuckled the gypsy's girdle.
"What are you doing?" she said quickly. This "act of violence" had roused her from her revery.
"Nothing," replied Phoebus, "I was only saying that you must abandon all this garb of folly, and the street corner when you are with me."
"When I am with you, Phoebus!" said the young girl tenderly.
She became pensive and silent once more.
The captain, emboldened by her gentleness, clasped her waist without resistance; then began softly to unlace the poor child's corsage, and disarranged her tucker to such an extent that the panting priest beheld the gypsy's beautiful shoulder emerge from the gauze, as round and brown as the moon rising through the mists of the horizon.
The young girl allowed Phoebus to have his way. She did not appear to perceive it. The eye of the bold captain flashed.
Suddenly she turned towards him,-- "Phoebus," she said, with an expression of infinite love, "instruct me in thy religion." "My religion!" exclaimed the captain, bursting with laughter, "I instruct you in my religion! ~Corne et tonnerre~! What do you want with my religion?"
"In order that we may be married," she replied.
The captain's face assumed an expression of mingled surprise and disdain, of carelessness and libertine passion.
"Ah, bah!" said he, "do people marry?"
The Bohemian turned pale, and her head drooped sadly on her breast.
"My beautiful love," resumed Phoebus, tenderly, "what nonsense is this? A great thing is marriage, truly! One is none the less loving for not having spit Latin into a priest's shop!"
While speaking thus in his softest voice, he approached extremely near the gypsy; his caressing hands resumed their place around her supple and delicate waist, his eye flashed more and more, and everything announced that Monsieur Phoebus was on the verge of one of those moments when Jupiter himself commits so many follies that Homer is obliged to summon a cloud to his rescue.
But Dom Claude saw everything. The door was made of thoroughly rotten cask staves, which left large apertures for the passage of his hawklike gaze. This brown-skinned, broad- shouldered priest, hitherto condemned to the austere virginity of the cloister, was quivering and boiling in the presence of this night scene of love and voluptuousness. This young and beautiful girl given over in disarray to the ardent young man, made melted lead flow in his-veins; his eyes darted with sensual jealousy beneath all those loosened pins. Any one who could, at that moment, have seen the face of the unhappy man glued to the wormeaten bars, would have thought that he beheld the face of a tiger glaring from the depths of a cage at some jackal devouring a gazelle. His eye shone like a candle through the cracks of the door.
All at once, Phoebus, with a rapid gesture, removed the gypsy's gorgerette. The poor child, who had remained pale and dreamy, awoke with a start; she recoiled hastily from the enterprising officer, and, casting a glance at her bare neck and shoulders, red, confused, mute with shame, she crossed her two beautiful arms on her breast to conceal it. Had it not been for the flame which burned in her cheeks, at the sight of her so silent and motionless, one would have. declared her a statue of Modesty. Her eyes were lowered.
But the captain's gesture had revealed the mysterious amulet which she wore about her neck.
"What is that?" he said, seizing this pretext to approach once more the beautiful creature whom he had just alarmed.
"Don't touch it!" she replied, quickly, "'tis my guardian. It will make me find my family again, if I remain worthy to do so. Oh, leave me, monsieur le capitaine! My mother! My poor mother! My mother! Where art thou? Come to my rescue! Have pity, Monsieur Phoebus, give me back my gorgerette!"
Phoebus retreated amid said in a cold tone,--
"Oh, mademoiselle! I see plainly that you do not love me!"
"I do not love him!" exclaimed the unhappy child, and at the same time she clung to the captain, whom she drew to a seat beside her. "I do not love thee, my Phoebus? What art thou saying, wicked man, to break my heart? Oh, take me! take all! do what you will with me, I am thine. What matters to me the amulet! What matters to me my mother! 'Tis thou who art my mother since I love thee! Phoebus, my beloved Phoebus, dost thou see me? 'Tis I. Look at me; 'tis the little one whom thou wilt surely not repulse, who comes, who comes herself to seek thee. My soul, my life, my body, my person, all is one thing--which is thine, my captain. Well, no! We will not marry, since that displeases thee; and then, what am I? a miserable girl of the gutters; whilst thou, my Phoebus, art a gentleman. A fine thing, truly! A dancer wed an officer! I was mad. No, Phoebus, no; I will be thy mistress, thy amusement, thy pleasure, when thou wilt; a girl who shall belong to thee. I was only made for that, soiled, despised, dishonored, but what matters it?--beloved. I shall be the proudest and the most joyous of women. And when I grow old or ugly, Phoebus, when I am no longer good to love you, you will suffer me to serve you still. Others will embroider scarfs for you; 'tis I, the servant, who will care for them.
You will let me polish your spurs, brush your doublet, dust your riding-boots. You will have that pity, will you not, Phoebus? Meanwhile, take me! here, Phoebus, all this belongs to thee, only love me! We gypsies need only air and love."
So saying, she threw her arms round the officer's neck; she looked up at him, supplicatingly, with a beautiful smile, and all in tears. Her delicate neck rubbed against his cloth doublet with its rough embroideries. She writhed on her knees, her beautiful body half naked. The intoxicated captain pressed his ardent lips to those lovely African shoulders. The young girl, her eyes bent on the ceiling, as she leaned backwards, quivered, all palpitating, beneath this kiss.

2/13/2012

PostHeaderIcon Richard Matheson, El vestido de seda blanca.

RICHARD MATHESON

El vestido de seda blanca
(Dress ofWhite Silk)

   Aquí no hay ruidos y dentro de mí tampoco.

    La abuela me ha encerrado en mi habitación y no me deja salir. Ella dice que es porque ha pasado. Supongo que he sido mala. Sólo era el vestido. El vestido de mamá, quiero decir. Se ha ido para siem­pre. Abuela dice tu mamá está en el cielo. No lo entiendo. ¿Puede ir al cielo si está muerta?

   Ahora oigo a la abuela. Está en la habitación de mamá. Está po­niendo el vestido de mamá dentro de la caja. ¿Por qué hace siempre eso? Además la cierra con llave. Me gustaría que no lo hiciera. Es un vestido muy bonito y huele muy bien. Y es cálido. Me encanta to­carlo con mi mejilla. Pero ahora ya nunca podré volver a hacerlo. Supongo que por eso la abuela está enfadada conmigo.

   Pero no lo sé seguro. El día fue igual a todos los días. Mary Jane vino a mi casa. Mary Jane vive al otro lado de la calle. Viene cada día a mi casa y jugamos. Hoy vino a mi casa.

   Tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela ha dicho jugad con vuestras muñecas. Y eso hicimos. Ha dicho no entres en la habitación de tu mamá. Siempre dice lo mismo. Yo creo que lo único que quiere decir es que no debo enredar en sus cosas. Porque lo dice todo el tiempo. No entres en la habitación de tu mamá. Así mismo.

   Pero la habitación de mamá es muy bonita. Cuando llueve voy allí. O cuando la abuela está echando la siesta. No hago ningún rui­do. Lo único que hago es sentarme en la cama y tocar la colcha blan - ca. Como cuando aún no había crecido. La habitación tiene un olor dulce.

   Juego a que mamá se está vistiendo y me deja entrar en su habita ción. Huelo su vestido de seda blanca. Es su vestido para salir de no­che. Eso dijo una vez, no recuerdo cuándo.

   Si escucho con atención puedo oír cómo se mueve. Juego a verla sentada delante de su tocador. Como si se estuviera poniendo perfu­me o algo parecido, quiero decir. Y veo sus ojos oscuros. Puedo re­cordar.

   Si llueve y veo ojos en la ventana resulta muy bonito. La lluvia suena igual que si un gran gigante estuviera andando alrededor de la casa. El gigante dice callad callad porque quiere que todo el mundo se quede en silencio. Me gusta jugar a eso en la habitación de mamá.

  Y lo que más me gusta, bueno, lo que casi me gusta más de todo es sentarme delante del tocador de mamá. Es rosa y muy grande y también huele bien. La silla que hay delante tiene cosido un almo­hadón. Hay botellas y más botellas con curvas y bultos raros y den­tro tienen perfumes de muchos colores. Y casi te puedes ver de cuer­po entero en el espejo.

   Cuando me siento allí juego a que soy mamá. Digo no hagas rui­do mamá voy a salir y no puedes impedírmelo. No sé por qué lo digo, y es como si lo oyera dentro de mí. Y también digo oh madre deja de llorar no me cogerán porque tengo mi vestido mágico.

   Cuando juego a eso me cepillo el pelo pero sólo utilizo mi cepi­llo, el de mi habitación. Nunca he usado el cepillo de mamá. No creo que la abuela se haya enfadado conmigo por eso, porque yo nunca uso el cepillo de mi mamá. Jamás haría eso.

   A veces he abierto la caja. Porque sé dónde pone la llave. Una vez vi a mi abuela cuando ella no sabía que yo la estaba mirando. Pone la llave en el gancho que hay dentro del armario de mamá. Detrás de la puerta, quiero decir.

   He podido abrir la caja montones de veces. Lo hago porque me gusta mirar el vestido de mamá. Lo que más me gusta es mirarlo. Es tan bonito y tan suave al tacto, como sedoso. Sería capaz de pasarme un millón de años tocándolo.

   Me arrodillo en la alfombra que tiene rosas. Sostengo el vestido en mis brazos y es como si lo respirara. Lo pongo contra mi mejilla. Ojalá pudiera llevármelo a la cama y dormir con él abrazado. Me gusta hacer eso. Pero ahora no puedo. Por lo que dice la abuela. La abuela dice debería quemarlo pero la quería tanto, y luego llora por el vestido.

   Nunca hice travesuras con él. Lo vuelvo a guardar y lo dejo igual que si nunca lo hubiera tocado. La abuela nunca se ha enterado. Me he reído mucho porque ella nunca se ha enterado. Pero supongo que ahora lo sabe. Y me castigará. ¿Por qué se ha enfadado tanto? ¿Acaso no era el vestido de mamá?

   Lo que realmente me gusta más en la habitación de mamá es mi - rar la foto de mamá. Tiene una cosa de oro alrededor. Marco, eso dice la abuela. Está en la pared, encima de la cómoda.

   Mamá es bonita. Tu mamá era bonita dice la abuela. ¿Por qué dice eso? Veo a mamá sonriéndome allí en la foto y es muy bonita. Para siempre.

   Su cabello es negro. Como el mío. Sus ojos son bonitos, y tam­bién son negros. Su boca es roja tan roja. Me gusta el vestido, el ves­tido blanco. Le deja los hombros descubiertos. Su piel es blanca, casi tan blanca como el vestido. Y sus manos también son muy blancas. Es tan bonita. La quiero aunque se haya ido para siempre, la quiero tanto.

   Supongo que por eso me he portado mal. Con Mary Jane, quiero decir.

   Mary Jane vino después de almorzar como hace siempre. La abuela se fue a echar la siesta. Acuérdate de que no has de entrar en la habitación de tu mamá dijo. Sí abuela dije yo, y estaba diciéndole la verdad porque no pensaba entrar allí, pero después Mary Jane y yo estábamos jugando con el camión de bomberos y Mary Jane dijo apuesto a que no tienes madre, apuesto a que te lo has inventado todo, eso es lo que dijo.

   Yo me enfadé mucho con ella. Tengo una mamá le dije. Me hizo enfadar porque dijo que me lo había inventado todo. Dijo que men­tía. Me refiero a la cama, y al tocador, y la foto, y hasta al vestido.

   Bueno pues yo te voy a enseñar lista dije.

   Miré en la habitación de la abuela. Seguía durmiendo. Bajé y le dije a Mary Jane que viniera, porque la abuela no se iba a enterar de nada.

    Incluso hizo un ruidito de susto cuan­do se dio con la mesa en el vestíbulo de arriba. Le dije que era tan asustadiza como una gata. Bueno mi casa no es tan oscura como ésta dijo ella. Como si aquí estuviera demasiado oscuro.

   Entramos en la habitación de mamá. Todo estaba tan oscuro que no se podía ver. Por eso descorrí las cortinas. Sólo un poco para que Mary Jane pudiera ver. Ésta es la habitación de mi mamá supongo que no me la he inventado, dije.

   Mary Jane estaba junto a la puerta y entonces tampoco se hizo la lista ni nada. No dijo ni palabra. Estaba mirando la habitación. Cuando la cogí del brazo dio un salto. Bueno sigamos le dije.

    Me senté en la cama. Ésta es la cama de mi mamá mira que blan­da es, dije. Mary Jane no dijo nada. Miedica, dije yo. Y ella dijo no lo soy con una voz como si lo fuera.

   Siéntate, dije, cómo puedes saber que es blanda si no te sientas en ella. Se sentó junto a mí. Toca, mira, qué blanda es, le dije. Huele a que huele muy bien.

   Cerré los ojos pero era raro, no era como siempre. Porque Mary Jane estaba allí. Le dije que no tocara más la colcha. Dijiste que lo hiciera, me dijo ella. Bueno pues no la toques más, dije yo.

  Mira, ése es el tocado, dije, y la hice levantar de la cama. La cogí por el brazo y la llevé hasta allí. Suéltame, dijo ella. Todo estaba muy silencioso y era como siempre. Empecé a sentirme mal. Porque Mary Jane estaba allí. Porque estaba en la habitación de mi mamá y a mi mamá no le habría gustado que Mary Jane estuviese allí.

   Pero tenía que enseñarle las cosas. Le enseñé el espejo. Las dos nos miramos en él. Mary Jane estaba muy blanca. Mary Jane es una miedica, dije. No lo soy, no lo soy, dijo ella y de todas formas nadie vive en una casa tan oscura y silenciosa por dentro. Y además huele, dijo.

   Me enfadé mucho con ella. No, no huele, le dije. Sí que huele, dijo ella, tú dijiste que olía. Eso también hizo que me enfadara, y cada vez estaba más enfadada. Huele igual que el azúcar, dijo. En la habitación de tu mamá huele igual que si hubiera gente enferma.

   No digas que la habitación de mi mamá es como la de la gente enferma, le dije.

    Bueno, no me has enseñado ningún vestido y estás mintiendo, dijo ella. No hay ningún vestido, dijo. Me sentí muy rara y acalora­da por dentro, así que le tiré del pelo. Ya te enseñaré, dije, y nunca vuelvas a decir que soy una mentirosa.

   Me voy a casa y se lo contaré todo a mi mamá, dijo. No lo harás, dije yo, vas a ver el vestido de mi mamá y será mejor que no me lla­mes mentirosa.

    La obligué a que se estuviera muy quieta y cogí la llave del gan­cho. Me arrodillé. Abrí la caja con la llave.

   Puaj, eso huele a basura, dijo Mary Jane.

   Le clavé las uñas y ella se apartó y se enfadó mucho. No me pe­llizques, dijo, y estaba toda colorada. Se lo contaré todo a mi madre, dijo, y de todas formas eso no es un vestido blanco, es feo y está muy sucio.

   No está sucio, le dije. Lo dije tan alto que me extraña que no me oyera la abuela. Saqué el vestido de la caja. Lo sostuve para enseñarle lo blanco que era. El vestido se desplegó con un susurro como el que hace la lluvia y rozó la alfombra.

   Está blanco, dije, todo blanco limpio y sedoso.

   No, dijo ella, muy enfadada y estaba toda colorada, y tiene un agujero. Me enfadé todavía más. Si mi mamá estuviera aquí ya te en - señaría lo que es bueno, le dije. Tú no tienes mamá, dijo ella, y tenía toda la cara fea. La odio.

   Sí tengo mamá. Lo dije muy muy alto. Señalé con el dedo la foto de mi mamá. Bueno, quién puede ver nada en esta ridícula habita­ción oscura, dijo ella. La empujé con fuerza y Mary Jane se dio con la cómoda. Mira, dije entonces y quería decir que mirase la foto. Ésa es mi mamá y es la señora más hermosa del mundo entero.

   Es fea y tiene las manos raras, dijo Mary Jane. No dije yo. ¡Es la señora más hermosa del mundo entero!

   No, no, dijo ella, tiene dientes de conejo.

    Después ya no me acuerdo. Creo que fue como si el vestido se moviera en mis brazos. Mary Jane gritó. No recuerdo qué gritó. Todo se puso muy oscuro y creo que las cortinas estaban corridas. Al menos yo no podía ver nada. No podía oír nada, sólo dientes de co­nejo, manos raras dientes de conejo manos raras, incluso cuando no había nadie diciendo eso.


   Había algo más porque creo que oí que alguien decía ¡no la dejes hablar así! No podía sostener el vestido. Y lo tenía puesto pero no re­cuerdo cómo. Porque era como una persona mayor, fuerte. Pero creo que también seguía siendo una niña pequeña. Por fuera, quiero decir.

   Y creo que entonces fui terriblemente mala.

   Supongo que la abuela me sacó de la habitación. No lo sé. Estaba gritando. Dios nos ayude, ha ocurrido, ha ocurrido, gritaba. Una y otra vez. No sé por qué. Tiró de mí todo el rato hasta llegar aquí, a mi habitación, y me encerró. Ahora no quiere dejarme salir. Bueno, no estoy asustada. ¿Qué me importa si me encierra un millón de mi­llones de años? Ni tan siquiera hace falta que me dé la cena. No ten­go hambre.

   Estoy llena.





















DRESS OF WHITE SILK

 Quiet is here and all in me.

 Granma locked me in my room and won’t let me out. Because it’s happened she says. I guess I was bad. Only it was the dress. Momma’s dress I mean. She is gone away forever.
Granma says your momma is in heaven. I don’t know how. Can she go in heaven if she’s dead?

 Now I hear Granma. She is in momma’s room. She is putting mommas dress down the box. Why does she always? And locks it too. I wish she didn’t. It’s a pretty dress and smells sweet so. And warm. I love to touch it against my cheek. But I can’t never again. I guess that is why Granma is mad at me.

 But I amnt sure. All day it was only like every day. Mary Jane came over to my house. She lives across the street. Every day she comes to my house and play. Today she was.

 I have seven dolls and a fire truck. Today Granma said play with your dolls and it. Don’t you go inside your mommas room now she said. She always says it. She just means not mess up I think. Because she says it all the time. Don’t go in your mommas room. Like that.

 But it’s nice in mommas room. When it rains I go there. Or when Granma is doing her nap I do. I don’t make noise. I just sit on the bed and touch the white cover. Like when I was only small. The room smells like sweet.

 I make believe momma is dressing and I am allowed in. I smell her white silk dress. Her going out for night dress. She called it that I don’t remember when.

 I hear it moving if I listen hard. I make believe to see her sitting at the dressing table. Like touching on perfume or something I mean. And see her dark eyes. I can remember.

 It’s so nice if it rains and I see eyes on the window. The rain sounds like a big giant outside. He says shush shush so everyone will be quiet. I like to make believe that in mommas room.

 What I like almost best is to sit at mommas dressing table. It is like pink and big and smells sweet too. The seat in front has a pillow sewed in it. There are bottles and bottles with bumps and have collared perfume in them. And you can see almost your whole self in the mirror.

 When I sit there I make believe to be momma. I say be quiet mother I am going out and you can not stop me. It is something I say I don’t know why like I hear it in me. And oh stop your sobbing mother they will not catch me I have my magic dress.

 When I pretend I brush my hair long. But I only use my own brush from my room. I didn’t never use mommas brush. I don’t think granma is mad at me for that because I never use mommas brush. I wouldn’t never.

 Sometimes I did open the box up. Because I know where Granma puts the key. I saw her once when she wouldn’t know I saw her. She puts the key on the hook in momma’s closet. Behind the door I mean.

 I could open the box lots of times. That’s because I like to look at mommas dress. I like best to look at it. It is so pretty and feels soft and like silky. I could touch it for a million years.

 I kneel on the rug with roses on it. I hold the dress in my arms and like breathe from it. I touch it against my cheek. I wish I could take it to sleep with me and hold it. I like to. Now I can’t. Because Granma says. And she says I should burn it up but I loved her so. And she cries about the dress.

 I wasn’t never bad with it. I put it back neat like it was never touched. Granma never knew. I laughed that she never knew before. But she knows now I did it I guess. And shell punish me. What did it hurt her? Wasn’t it my mommas dress?

 What I like real best in mommas room is look at the picture of momma. It has a gold thing around it. Frame is what Granma says. It is on the wall on top the bureau.

 Momma is pretty. Your momma was pretty Granma says. Why does she? I see momma there smiling on me and she is pretty. For always.

 Her hair is black. Like mine. Her eyes are even pretty like black. Her mouth is red so red. I like the dress and it’s the white one. It is all down on her shoulders. Her skin is white almost white like the dress. And so are her hands. She is so pretty. I love her even if she is gone away forever. I love her so much.

 I guess I think that’s what made me bad. I mean to Mary Jane.

 Mary Jane came from lunch like she does. Granma went to do her nap. She said don’t forget now no going to your mommas room. I told her no Granma. And I was saying the truth but then Mary Jane and I was playing fire truck. Mary Jane said I bet you haven’t no mother I bet you made up it all she said.

 I got mad at her. I have a momma I know. She made me mad at her to say I made up it all. She said I’m a liar. I mean about the bed and the dressing table and the picture and the dress even and everything.

 I said well I'll show you smarty.

 I looked into grammas room. She was doing her nap still. I went down and said Mary Jane to come on because Granma won’t know.

 She wasn’t so smart after then. She giggled like she does. Even she made a scaredy noise when she hit into the table in the hall upstairs. I said you’re a scaredy cat to her. She said back well my house isn’t so dark like this. Like that was so much.

 We went in mommas room. It was more dark than you could see. I said this is my momma’s room I suppose I made up it all.

 She was by the door and she wasn’t smart then either. She didn’t say any word. She looked around the room. She jumped when I got her arm. Well come on I said.

 I sat on the bed and said this is my mommas bed see how soft it is. She didn’t say nothing. Scaredy cat I said. Am not she said like she does.

 I said to sit down how can you tell if it’s soft if you don’t sit down. She sat down by me. I said feel how soft it is. Smell how sweet it is.

 I closed my eyes but funny it wasn’t like always. Because Mary Jane was there. I told her to stop feeling the cover. You said to she said. Well stop it I said.

 See I said and I pulled her up. That’s the dressing table. I took her and brought her there. She said let go. It was so quiet and like always. I started to feel bad. Because Mary Jane was there. Because it was in my momma’s room and momma wouldn’t like Mary Jane there.

 But I had to show her the things because. I showed her the mirror. We looked at each other in it. She looked white. Mary Jane is a scaredy cat I said. Am not am not she said anyway nobody’s house is so quiet and dark inside. Anyway she said it smells.

 I got mad at her. No it doesn’t smell I said. Does so she said you said it did. I got madder too. It smells like sugar she said. It smells like sick people in your momma’s room.

 Don’t say my momma’s room is like sick people I said to her.

 Well you didn’t show me no dress and you’re lying she said there isn’t no dress. I felt all warm inside so I pulled her hair. I’ll show you I said you’re going to see my mommas dress and you’ll better not call me a liar.

 I made her stand still and I got the key off the hook. I kneeled down. I opened the box with the key.

 Mary Jane said pew that smells like garbage.

 I put my nails in her and she pulled away and got mad. Don’t you pinch me she said and she was all red. I’m telling my mother on you she said. And anyway it’s not a white dress it’s dirty and ugly she said.

 Its not dirty I said. I said it so loud I wonder why Granma didn’t hear. I pulled out the dress from the box. I held it up to show her how it’s white. It fell open like the rain whispering and the bottom touched on the rug.

 It is too white I said all white and clean and silky.

 No she said she was so mad and red it has a hole in it. I got more madder. If my momma was here shed show you I said. You got no momma she said all ugly. I hate her.

 I have. I said it way loud. I pointed my finger to momma’s picture. Well who can see in
this stupid dark room she said. I pushed her hard and she hit against the bureau. See then I said mean look at the picture. That’s my momma and she’s the most beautiful lady in the world.

 She’s ugly she has funny hands Mary Jane said. She hasn’t I said she’s the most beautiful lady in the world!

 Not not she said she has buck teeth.

 I don’t remember then. I think the dress moved in my arms. Mary Jane screamed. I don’t remember what. It got dark and the curtains were closed I think I couldn’t see anyway. I couldn’t hear nothing except buck teeth funny hands buck teeth funny hands even when no one was saying it.

 There was something else because I think I heard someone call don’t let her say that! I couldn’t hold to the dress. And I had it on me I can’t remember. Because I was grown up strong. But I was a little girl still I think I mean outside.

 I think I was terrible bad then.

 Granma took me away from there I guess. I don’t know. She was screaming god help us it’s happened it’s happened. Over and over. I don’t know why. She pulled me all the way here to my room and locked me in. She won’t let me out. Well I’m not so scared. Who cares if she locks me in a million billion years? She doesn't have to even give me supper. I’m not hungry anyway.

 I’m full.

2/03/2012

PostHeaderIcon La chica de los ojos hambrientos, Fritz Leiber

 Muy bien, le explicaré por qué la chica me pone la piel de gallina. El por qué no puedo ir al centro a ver como la multitud babea ante la torre donde se encuentra su efigie, con esa botella de refresco o ese paquete de cigarrillos, o lo que sea que tenga alado. ¿La razón?, que ya no puedo soportar echarle un vistazo a las revistas porque sé que aparecerá en alguna página luciendo un sostén o en un baño de esponja. El porqué no me gusta pensar que millones de norteamericanos absorben arduamente esa media sonrisa ponzoñosa. Es toda una historia - más de lo que espera.

No, no es que haya sufrido un ataque de repentina indignación ante los males de la publicidad y la obsesión nacional por las chicas guapas y seductoras. Eso sería más bien risible en un hombre de mi profesión ¿verdad?. Aunque de todas formas creo que estará de acuerdo conmigo de que haya algo levemente perverso en que el hecho de que el sexo se ha utilizado de esta manera. Claro que eso no me importa. Y sé que hemos tenido la Cara, el Cuerpo y la Mirada y muchas otras cosas más, así que porque no íbamos a acabar teniendo a alguien que poseyera todo eso resumiéndolo de una forma tan completa y que no nos quedó más remedio que llamarla "La Chica" y colocar su efigie y hasta todos sus grafitis por todas las vallas publicitarias del Times Square al Telegraph Hill?

Pero la Chica no se parece a ninguna de las otras, lo suyo no es algo natural, es algo morboso y maligno.

Oh si claro! Estamos hablando de 1948 y el tipo de cosas a las que estoy haciendo alusión salieron con la brujería, ¿verdad? Pero verá, más allá de cierto punto no me siento demasiado seguro a que estoy haciendo alusión. Hay vampiros y vampiros que no todos chupan sangre.

Y hubo asesinatos, si es que fueron asesinatos.

Además, permitame preguntarle esto. Si Norteamérica está tan obsesionada con la Chica, ¿porqué no sabemos más de ella? ¿Porqué no se ha merecido el honor de aparecer en la portada del Time con una biografía incluida? ¿Porqué no le han hecho un artículo en el Life o el Post? ¿Un perfil en el New Yorker? ¿Porqué el Charm o Mademoiselle no le han hecho una saga de su carrera? No están listos para eso? Tonterias!

¿Porqué el cine no arriesgó con una de sus películas? ¿Porqué no a aparecido en el Information, Please? ¿Porqué no la hemos visto besando a los candidatos políticos para las elecciones? ¿Porqué no ha sido escogida como reina de cualquier porquería u otra en alguna convención?


¿Porqué no leemos nada de sus gustos y aficiones, sus opiniones acerca de la situación Rusa? ¿Cómo es que los columnistas no la han entrevistado con un kimono en el hotel más alto de Manhattan para decirnos quien es su novio?

Finalmente - y eso es lo que realmente me mata - ¿Porqué nunca ha sido dibujada o pintada?

Oh, no lo han hecho. Si usted supiera algo sobre arte comercial lo sabría. Cada una de esas imágenes bendecidas se trabajó a partir de una fotografía. ¿Experto? Por supuesto. Tiene a los mejores artistas trabajando en ello. Así es como lo hace ahora.

Y ahora le diré el porqué de todo esto. Es porque todo el mundo de la publicidad, de las noticias y de los negocios, ninguna alma solitaria que supo de donde vino la Chica, donde vivía, que hace, quién es y ni tan siquiera cual es su nombre.

Me ha oído bien. Más aún, nadie llega a verla nunca - excepto un pobre y maldito fotógrafo, que esta haciendo más dinero que nunca esperó hacer en su vida y que pasa cada minuto del día sintiéndose asustado y confuso.

No, no tengo ni la más leve idea de quien es y donde tiene su estudio. Pero se que ese hombre debe existir y tengo la más absoluta certeza moral que se siente justo como lo he dicho.

Cierto, estaba dispuesto a encontrarla, y si lo hice. No estoy muy seguro pero por ahora probablemente tenga otros medios de protección. Además, no quiero intentarlo.

¡Oh!, estoy fuera de balance ¿lo estoy? Son la clase de cosas que no pueden ocurrir en este nuestro año átomo 1948. nadie puede mantenerse oculto de esa forma, no siquiera Greta Garbo?

Bueno, sucede que sé como puede hacerse, porque el año pasado yo era ese pobre condenado fotógrafo del que le he estado hablando.

Si, el año pasado, en 1947, cuando la chica hizo su primera salpicada venenosa en esta nuestra pequeña gran ciudad.

Si, escuchó bien, sabía que usted no estuvo aquí el año pasado y que no estaba enterado de esto. Incluso la Chica tuvo que empezar poco a poco. Pero si usted husmea en los archivos de los periódicos locales encontrará algunos anuncios y quizá hasta pueda mostrarle parte del material antiguo - creo que Lovelybelt continua utilizando alguna de esos retratos. Solía tener una montaña de fotos hasta que terminé por quemarlas todas.

Si, saqué una buena tajada de ellas. Nada comparado como las que debe estar haciendo algún otro fotógrafo, pero las suficientes para comprar whisky. la chica tenía una actitud extraña hacia el dinero. Ya le contaré sobre eso.

Pero mi primera foto no fue sino hasta 1947. Tenía un estudio en el cuarto piso de una ratonera en el edificio Hauser pegadito al parque Ardleigh.

Yo había estado trabajando en los estudios Marsh-Manson hasta que me harté de eso y decidí trabajar en solitario. El edificio Hauser era un completo desastre - nunca olvidaré como crujían las escaleras - pero el alquiler era barato y había un tragaluz que me proveía de luz natural.

El negocio andaba fatal, recorrí todos los circuitos anunciantes y agencias, y algunas de ellas se interesaron por mí, pero no conseguí cerrar ningún trato. Estaba muy cerca de la quiebra. Tenía retraso en el alquiler. Diablos, ni siquiera tenía dinero suficiente para tener una chica.

Era una de esas tardes grises y obscuras. El edificio estaba terriblemente silencioso - apenas había conseguido alquilar la mitad del Houser. Acababa de arreglar algunas fotos que pensaba ofrecerle en fajas a Lovelybelt y Buford's Pool de las últimas escenas de la playa. Mi modelo ya se había marchado. Ella era una profesora de una escuela secundaria y también hacía algún trabajito para mí que sólo le pagaba si vendía algo. Después de ver las impresiones, decidí que la señorita León no era lo que Lovelybelt estaba buscando - tampoco mi fotografía. Estaba por terminar el día.

Y entonces la puerta que daba a la calle azotó cuatro pisos abajo y unos pasos hicieron eco en la escalera y ella entró.

Traía un vestido de tela obscura barata. Zapatos negros. Sin medias, sus brazos eran muy delgados y estaban desnudos, ¿se ha dado cuenta?, es posible que ya no sean capaces de fijarse en esas cosas?

Y luego el cuello delgado y ese rostro levemente enflaquecido casi austero, la cascada de cabello negro y por debajo se asomaban los ojos más hambrientos del mundo.

Esa es la única razón por la que sea se haya expandido por todo el mundo hoy en día, usted sabe - esos ojos. Nada vulgar, pero solo justo lo mismo que todo el mundo ha buscado con un hambre lo que llama al sexo y algo más. Eso es lo que todo el mundo ha ido buscando desde el año uno, algo más que sexo.

Bueno amigos, ahí estaba solo con la Chica, en un estudio que comenzaba a llenarse de sombras en un edificio vacío. En una situación que estoy seguro que millones de norteamericanos han imaginado con toda variedad de pequeños detalles y lapsos. ¿Cómo me sentí? Asustado.

Sé que el sexo puede dar miedo. Ese frío palpitar de tu corazón cuando te encuentras a solas con una chica y te das cuenta que vas a tocarla. pero si esto era sexo, estaba recubierto por algo más.

Al menos yo no estaba pensando en sexo.

Recuerdo que dí un paso hacia atrás y que mi mano comenzó a temblar de tal forma que las fotografías que había estado revisando cayeron al suelo.

Sentí un mareo casi imperceptible como si algo estuviera saliendo de mi cuerpo. Sólo un poquito.

Eso fue todo. Entonces ella abrió la boca y todo volvió a la normalidad, por un rato.

-'Veo que usted es fotógrafo señor, ¿podría ser su modelo?'-me dijo.

Su voz no era muy refinada.

-'Lo dudo,' -le dije levantando el fajo de fotografías. Verá, no estaba impresionado. Aun me tardaba mucho en captar las posibilidades comerciales en sus ojos.

-'¿Que ha hecho hasta ahora?'

Bueno, me contó una historia bastante vaga así que me dediqué a indagar hasta donde llegaban sus conocimientos sobre las agencias de modelos y tarifas así que no tarde mucho en hacerme una idea.

-'Oiga, usted no ha posado para un fotógrafo en toda su vida? ¿Éste es el primer estudio fotográfico que pisa verdad?'

Admitió que así era, más o menos. Durante la charla tuve la impresión de que se movía y hablaba con cierta vacilación, como lo hacemos todos cuando nos encontramos en un lugar desconocido. No era ningún titubeo por su parte o por mí, sino solo la situación en general.

-'Y usted cree que cualquiera puede modelar?'- Le pregunté con compasión.

-'¡Claro!'- respondió.

-'Mire,' -dije. 'Un fotógrafo puede desperdiciar una docena de negativos tratando de obtener una foto donde una mujer corriente aparezca con un aspecto medio humano. ¿Cuántos cree que pueda mal gastar antes de que pueda conseguir una instantánea donde luzca realmente atractiva?'

-'Podrá hacerlo' -repuso ella.

Bueno, pude haberla echado a patadas de mi estudio en ese instante. Quizás sentí cierta admiración ante la frialdad con la que pregonaba sus modestos atractivos. tal vez me dejé conmover por su aspecto desnutrido. Lo más probable es que estuviera irritado por la forma en que todos habían rechazado mis fotos y tuviera ganas de desquitarme con ella dándole una lección.

-'De acuerdo. Le voy a tomar unas fotos'- le dije. 'Le voy a tomar un par de fotos. Entienda que es estrictamente una prueba. Por si alguien quiere utilizar una foto suya. Lo cual es una oportunidad en dos millones, Le pagaré la tarifa habitual por su tiempo. De ninguna otra manera.'

Sonrió por primera vez.

-'Por mí esta bien.'-dijo.

Bueno, le saqué tres o cuatro fotos, los primeros planos de su rostro ya que su vestido me parecía muy feo, y debo reconocer que soportó bastante bien mi sarcasmo. Entonces recordé que todavía tenía el material de Lovelybelt y supongo que todavía estaba irritado porque tenía una fajín y le pedí que fuera atrás del biombo a ponérselo y lo hizo, sin ruborizarse como yo esperaba, y ya que habíamos llegado tan lejos pensé en que podríamos hacer la escena de la playa, y eso fue todo.

Durante ese tiempo no sentí nada en particular, salvo que de vez en cuando volvía a tener esa especie de mareo y me pregunté si tendría algún problema de estomago o si hubiera sido un poco más descuidado que de costumbre con mis productos químicos.

Aun así, ya sabes, el miedo estaba en mí todo el tiempo.

Le arrojé una tarjeta y una pluma. -'Escriba su nombre, dirección y número telefónico' -le dije. Me fui al cuarto obscuro.

Se marchó unos minutos después, no me despedí de ella. Estaba molesto porque había obedecido todas mis ordenes sin rechistar y ligeramente ansioso por sus poses, ni siquiera me agradeció, excepto por esa sonrisa.

Terminé de hacer los negativos, hice algunas impresiones, les eché un vistazo y decidí que eran tan buenas como las de la señorita León. Tuve un impulso y las puse junto a las otras fotos que pensaba llevar a la siguiente mañana a la siguiente ronda.

A estas alturas había trabajado lo suficiente como para sentirme fatigado y nervioso, pero no estaba dispuesto a gastar el dinero restante para solucionar eso. No tenía hambre. Creo que fui a ver una película barata.

No pensé en la Chica por un tiempo, excepto solo al preguntarme en mi condición sin mujeres no me le arrojé. Ella no parecía pertenecer, he... bueno, a un estrato social más accesible que la señorita León. Pero naturalmente había muchas razones por las cuales no me le insinué.

La mañana siguiente hice las rondas. La primera parada fue la Cervecería Munsch. Estaban buscando a la 'Chica Munsch'. Papá Munsch sentía un especial afecto hacia mí, a pesar que mis fotos le parecían horribles. El poseía un talento natural para juzgar las cosas. Cincuenta años antes podría haber sido uno de los tipos que crearon Hollywood.

En este momento se dedicaba a su empresa favorita. Dejó la jarra de cerveza en la mesa, se lamió los labios, me soltó no se que tecnicismo sobre la espuma, se limpió las manos gordas en el delantal que llevaba puesto y cogió el delgado fajo de fotos.

Después de haber repasado la mitad del fajo, haciendo ruidos nasales llegó a ella. Me arrepentí por haber metido su foto.

-'Es ella', - dijo. 'La fotografía no es la gran cosa, pero es la chica.'

Eso decidió todo. Ahora me pregunto porque Papá Munsch captó lo que tenía la chica al instante, cuando yo no me había dado cuanta de nada. Creo que fue porque la primera vez que la vi fue en carne y hueso, aunque no se si es la palabra correcta.

En ese momento lo único que sentí fue debilidad.

-'¿Quién es?- me preguntó.

-'Una de mis nuevas modelos.' Traté de sonar lo más natural posible.

'Tráigala mañana temprano.' -me dijo. -'Venga con su equipo. La fotografiaremos aquí. Quiero enseñarle unas cuantas cosas.'

-'Vamos, no ponga tan mala cara' - agregó. 'Beba cerveza.'

Bueno, me marché diciéndome que solo fue una casualidad, ya que probablemente ella lo echaría a perder con su inexperiencia y ese tipo de cosas.

Aún así, cuando dejé reverente mi siguiente fajo de fotos frente al señor Finch de Lovelybelt junto a su secante color rosa, su foto era la primera.

El señor Finch hizo todos los gestos que se esperan de un crítico de arte. Se reclinó en el asiento, entrecerró los ojos, agitó sus largos dedos y dijo -'Hmmm. ¿Qué opina señorita Willow? Con esta luz. Por supuesto que el fotógrafo no muestra el corte de la modelo. Y probablemente podríamos utilizar el diablillo de Lovelybelt en lugar del ángel. Aún así, la chica... Venga aquí Binns.' Más agitación de dedos. -'Quiero ver la reacción de un hombre casado.'

No pudo ocultar que había quedado fascinado.

Lo mismo pasó en la piscina y juegos de Buford, excepto en Da Costa donde no necesitaron el visto bueno de un hombre casado, digo.

-'Que ardiente', -dijo chupándose los labios. -'¡Ustedes los fotógrafos si que tienen suerte!'

Volví a toda prisa al estudio y cogí la tarjeta que le había entregado para que anotará sus datos.

Estaba en blanco.

No me importa confesarle que los siguientes días fueron los peores por los que jamás había pasado, aunque ese peor no salió de los corriente. A la mañana siguiente no había logrado ponerme en contacto con ella, tuve que empezar a ganar tiempo.

-'Ella está enferma', -le dije a Papá Munsch por teléfono.

-'Esta en el hospital? - me preguntó.'

-'No, no es nada serio' - le dije.

-'Tráigala aquí entonces. ¿Qué es un pequeño dolor de cabeza?'

-'Lo siento, no puedo.'

Papá Munsch sospechó. -'¿Realmente tiene a la chica?'

-'Claro que la tengo.'

-'Bueno, no se. Si no fuera por su pésimo estilo fotográfico pensaría que es una modelo de Nueva York.'

-'Bueno mire, la traerá aquí mañana en la mañana, me oyó?'

-'Trataré'

-'Tratará nada. La traerá aquí mañana.'

Nunca llegó a saber ni la mitad de lo que me esforcé por conseguirlo. Fui a todas las agencias de empleo. Hice algo de labor detectivesca en los estudios fotográficos. Gasté parte de mis últimas monedas poniendo anuncios en los periódicos de la ciudad. Examiné anuarios de la secundaria y fotos de empleadas en casas de música. Fui a restaurantes y farmacias, buscando camareras, tiendas y almacenes buscando auxiliares. Observé la multitud que salía de los cines. Vagué por las calles.

Por la noche me pasé recorriendo la calle de los ligues. de alguna manera, me parecía el lugar correcto.

Al final de la quinta tarde supe que estaba frito. Papá Munsch ya me había dado varios plazos, pero este último expiraba a las seis. El señor Finch ya había cancelado.

Estaba al pie de la ventana contemplando el parque Ardleigh.

Ella entró.

Había repasado mentalmente ese instante tantas veces que no me costó nada actuar de manera instintiva, ni siquiera la leve sensación de mareo logró ponerme nervioso.

-'Hola' -le dije casi sin mirarla.

-'Hola' -respondió.

-'¿Ha perdido el interés?

-'No.' No pareció ni incomodo ni desafiante. Era solo una afirmación.

Le eche un vistazo a mi reloj y me puse de pie.

-'Mire, le voy a dar una oportunidad' - dije secamente. -'Tengo un cliente que esta buscando a una chica de su estilo. Si hace un trabajo de verdad puede que pueda entrar al negocio del modelaje.'

-'Si nos damos prisa podremos verle esta misma tarde.' - le dije. Recogí mi equipo. -'Vamos. Y para la próxima vez, si necesita favores, no olvide dejar su número telefónico.'

-'Uh, uh' - dijo sin moverse.

-'¿A que se refiere?' - Le pregunté.

-'No voy a ver a ninguno de sus clientes.'

-'Que demonios, mire chiflada, de un respiro.'

Meneo la cabeza lentamente. -'No me engañas cariño, nunca lo has hecho. Ellos me quieren.' Y me regaló la segunda sonrisa.

Entonces pensé que debió haber visto mis anuncios en el periódico. No estoy tan seguro.

-'Ahora te diré como trabajaremos', prosiguió. 'No sabrás mi nombre, mi dirección o mi número telefónico. Nadie lo tiene. Y haremos todas las fotografías aquí. Solo tu y yo.'

Se puede imaginar el jaleo que armé. Lo mostré todo, enojo, sarcasmo, paciencia en los argumentos, chiflado, amenazante, suplicante.

Le abría roto la cara a bofetadas, no lo hice pensando en el capital fotográfico.

Al final lo único que pude hacer fue llamar por teléfono a Papá Munsch y decirle sus condiciones. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero no tuve otra opción.

Me dio una muy molesta respuesta, dijo 'no' varias veces y colgó.

Ella no se dejó impresionar. -'Bueno empezaremos la sesión a las diez en punto de mañana,' -afirmó.

Típico de ella, usando esa clase de frases idiotas de las revistas de cine.

A la media noche llamó Papá Munsch.

-'No se de que manicomio contrató a esta chica' - dijo, -'Pero la quiero. Venga en la mañana y le trataré de meter en la cabeza cuanto quiero esas fotos. ¡Me alegro de haberlo levantado de la cama!

Después todo fue una brisa. Incluso el señor Finch cambió de parecer y después de dos días que se pasara diciéndome que era imposible aceptar las condiciones, las acepto. Naturalmente todos se encontraban bajo el hechizo de la Chica, entonces podrá suponer el sacrificio que hizo el señor Finch cuando renunció a supervisar las fotos de mi modelo llevando al diablillo de Lovelybelt o a Vixen o al maldito modelo que finalmente utilizamos.

A la mañana siguiente ella llegó a la hora acordada, y empezamos a trabajar. Tengo que admitir algo sobre ella, y es que nunca se cansaba, nunca se negó a la hora de repetir las fotos. No tuve ningún problema aunque sentía la misma sensación de estar perdiendo algo indefinible, como si me lo quitaran de una manera muy suave. Puede que usted también lo haya sentido, al mirar su fotografía.

Cuando terminamos descubrí que había más reglas. Sucedió a media tarde. Me dispuse a bajar con ella a tomar un bocadillo y café.

-'Uh uh.' me dijo, -'Bajaré sola. Mira cariño, si alguna vez intentas seguirme, o si intentas asomar la cabeza por la ventana cuando me vaya, puedes irte buscando otra modelo.'

Se puede imaginar que todas estas locuras me pusieron de mal humor, hicieron funcionar mi cabeza a toda velocidad. Recuerdo que abrí la ventana después de que se marchó - primero esperé unos minutos - tratando de respirar aire fresco, de imaginarme que había detrás de todo eso, si se estaba escondiendo de la policía, o si era la hija de algún ricachón arruinado, o si tal vez se le había metido en la cabeza la gran idea de ser temperamental, Papá Munsch tenía razón, le faltaba un tornillo.

Pero tenía que terminar las fotografías.

Mirando hacia atrás, es increíble pensar la rapidez con la que su magia se apoderó de la ciudad. Cuando recuerdo lo que vino después, me asusta pensar en lo que esta ocurriendo en todo el país - y tal vez en el mundo entero. Ayer leí un comentario en el Time, decía que la imagen de la Chica aparecía en las vallas publicitarias de Egipto.

El resto de mi historia le ayudará a comprender el porqué de mi temor. Pero tengo una teoría que ayude a explicar aunque es una de esas cosas que va más allá de 'cierto punto'. Es sobre la Chica y se lo diré en pocas palabras.

Usted sabe que la publicidad moderna hace que la mente del público vaya en la misma dirección, todos quieren lo mismo, todos imaginan lo mismo. Usted sabe que los psicoanalistas ya no sienten el mismo escepticismo hacia la telepatía como antes.

Añada las dos ideas. Suponga que los deseos de millones de personas se concentran en una sola persona que tiene el don de la telepatía. Digamos que la persona es la Chica. Moldeándola a su imagen.

Reflexione que conoce los apetitos más ocultos de millones de hombres. Piense lo que sería comprenderlos y captarlos de una manera más profunda que las personas que los experimenta viendo el odio y deseo de la muerte que hay detrás de la lujuria.

Imagínesela moldeándose a si misma para adoptar esa apariencia, manteniéndose tan altiva y distante como si estuviera hecha de mármol. Aún así suponga el hambre que ella podía sentir en respuesta al hambre de esos millones de personas.

Pero eso es alejarse mucho de mi historia. Y ninguno de esos hechos son tan condenadamente sólidos. Como el dinero. Ganamos mucho dinero.

Eso fue un hecho gracioso, es lo que le iba a contar. Estaba temeroso de que la Chica fuera a aprovecharse de mi. Ella me tenía atado de pies y manos, usted sabe.

Pero se conformó con las tarifas habituales. Después de presionar los suficiente aceptó más dinero. Pero ella siempre lo tomó con el mismo desprecio, como si fuera a tirarlo en la primera alcantarilla en cuanto saliera de mi estudio.

Y tal vez lo hizo.

En cualquier caso, yo tenía dinero. Por primera vez en meses tenía suficiente para emborracharme, comprar nueva ropa, tomar taxis. Podía incluso conseguirme una chica. Bastaba con elegir alguna.

Y naturalmente tuve que escoger.

Pero primero permitame platicarle sobre Papá Munsch.

Papá Munsch no fue el primero en querer conocer a mi modelo pero creo que si fue el primero en ser sutil con ella. Podía ver el cambio en sus ojos cuando veía las fotografías. Comenzó a portarse sentimental, respetuoso. Mamá Munsch había muerto dos años antes.

Era muy astuto en la forma en que empezó a planear todo. Me hizo soltarle alguna información sobre cuando iría a trabajar a mi estudio, y luego una mañana llegó golpeando las escaleras minutos antes de la sesión.

-'Tengo que verla Dave' - me dijo.

Discutí con el, lo paré. Le expliqué que tan seria era ella con sus ideas locas. Le señalé que nos cortaría la garganta. Me sentí amenazado por como berreó.

El no era habitualmente de esa forma. Solo repetía -'Pero Dave, tengo que verla.'

La puerta de la entrada azotó.

-'Es ella' -le dije bajando la voz. -'Tiene que irse ahora.'

El no lo haría, así que lo metí en el cuarto obscuro. -'Y guarde silencio.' - le susurré. -'Le diré que no puedo trabajar hoy.'

Sabía que él trataría de verla y probablemente venir a molestarla, pero no había nada que yo pudiera hacer.

Los pasos vinieron del cuarto piso. Pero ella nunca se mostró en la entrada. Me perturbó.

- '¡Saca a ese vago de aquí! - gritó detrás de la puerta no muy fuerte pero habitual tono de voz.

-'Me voy a parar en el siguiente descanso y si ese vago grasoso no se va en linea recta a la calle, nunca conseguirá otra foto de mí excepto escupiendo su asquerosa cerveza.'- dijo.

Papá Munsch salió del cuarto obscuro. Estaba blanco. No volteó a verme cuando salió. Nunca volvió a ver sus fotos frente a mi.

Ese fue Papá Munsch. Ahora soy yo de quien estoy hablando. Hablé del tema con ella, me dí a entender y eventualmente me le insinué.

Ella levantó mi mano como si fuera un trapo húmedo.

-'Nix, bebé, es hora de trabajar' -me dijo.

-'Pero después de todo presioné.'

-'Las reglas se mantienen.' Y creo que me regaló la quinta sonrisa.

Por difícil que sea de creer, ella nunca se movió un ápice de esa loca postura.

No debí insinuarme en la oficina, porque nuestro trabajo era muy importante y ella lo amaba, no debía haber ninguna distracción.

Y que no pude verla en ningun otro sitio, y vaya que lo intenté. Nunca presione para obtener otra foto de ella con todo ese dinero entrando todo el tiempo, nunca lo suficientemente estúpido como para pensar que mi estilo fotográfico tenía que hacer algo con ella.

Claro que no hubiera sido humano si hubiera dado más pasos. Lo que obtuve fue el trato de 'trapo mojado' y no hubo más sonrisas.

Cambié. Fui una clase de loco y aturdido - algunas veces sentí que mi cabeza iba a estallar. Por lo que empecé a hablar con ella todo el tiempo. De mi mismo.

Era como estar en un delirio constante que nunca interfirió con los negocios. No prestaba más atención a la sensación constante de mareo. Parecía natural.

Caminé alrededor, por un momento el reflector me pareció más una hoja de acero al rojo vivo, o las sombras que parecían ejércitos de polillas, o incluso la cámara era como si fuera un auto grande negro como el carbón. Pero para el siguiente momento vinieron otra vez.

Pienso que en algunas ocasiones me aterraba que ella muriera. Me parecía la persona más extraña y horrible del mundo. Pero en otra circunstancia...

Y hablé. No importaba que estaba haciendo - iluminándola, su representación, si me quejaba de los accesorios, si ajustaba las tomas - o donde estaba - en la plataforma, detrás de la pantalla, distrayéndose con una revista - Mantuve una charla constante.

Le dije todo lo que sabía de mi mismo. Sobre mi primera chica. Sobre la bicicleta de mi hermano Bob. Cuando huí en un transporte de mercancía y de el regaño de Pa cuando regresé a casa. Le hablé sobre los gastos de envío a Sudamérica y del cielo azul de noche. Le conté sobre Betty. Sobre mi madre muriendo de cáncer. De lo que es ser golpeado en una pelea callejera detrás de un bar. Le dije sobre Mildred. Le hablé sobre la primera foto que vendí. Como se ve Chicago desde un velero. La borrachera más larga en la que he estado. Le hablé sobre Marsh-Manson. Le hablé sobre Gwen. Le dije como fue que conocí a Papa Munsch. Sobre como la estaba cazando. Como me sentía ahora.

Ella nunca prestó atención a lo que le dije. Probablemente ni siquiera me escuchó.

Fue entonces cuando obtuvimos nuestra primera ganancia de anunciantes nacionales y decidí seguirla cuando se fuera a casa.

Espere, puedo darle algo mejor que eso. Algo recordará de los periódicos foráneos -esos de los posibles asesinatos que le mencioné. Creo que fueron seis en total.

Digo 'posiblemente' porque la policía nunca confirmó si fueron ataques al corazón. Pero hay muchas posibilidades de sospecha cuando los ataques al corazón suceden a personas cuyos corazones están bien, y siempre de noche cuando se encontraban solos y lejos de casa y no hay una explicación de lo que estaban haciendo.

Las seis muertes generaron uno de esos 'misterios venenosos' que asustan. Y después de todo, no hubo una seguridad de que hubieran parado realmente, pero que continúan sucediendo de una forma menos sospechosa.

Hay una situación que me aterroriza en este instante.

Pero en ese momento lo único que me podía dar alivio era seguirla.

Trabajamos hasta el anochecer. No necesité ninguna excusa. Nos nevaron las ordenes. Esperé hasta que azotó la puerta de la calle, entonces corrí hacia abajo. Llevaba puestos unos zapatos de goma. Me había metido en un abrigo negro que nunca me había visto con un sombrero negro.

Me paré en la puerta hasta que la ubiqué. Iba caminando por el Parque Ardleigh hacia el corazón de la ciudad. Era una de esas cálidas noches de otoño. La seguí por el otro lado de la calle. Mi idea para esta noche era averiguar donde vivía. Eso me daría el control. Se detuvo frente al escaparate de la tienda de departamentales Everly, parada justo detrás del resplandor. Se quedó mirando al interior.

Recordé que habíamos hecho una fotografía enorme para Everly, un modelo plano para una exhibición de ropa interior. Eso era lo que ella estaba viendo .

En ese momento me pareció que con toda razón se estaba adorando a si misma, si eso era lo que estaba haciendo.

Cuando la gente pasaba ella se alejaba un poco o se desviaba hacia las sombras.

Entonces vino un hombre en solitario. No pude ver su cara con claridad, parecía de mediana edad. Paró y se quedó viendo por la ventana.

Ella salió de las sombras y se paro justo a un costado de el.

Amigos, ¿cómo se sentirían si estuvieran viendo el poster de la Chica y de repente percatarse que ella esta a tu lado, con un brazo conectado al suyo?

La reacción de este sujeto fue clara como el día. Lo que era solo un sueño había llegado a su vida.

Hablaron por un momento. Inmediatamente llamó un taxi a la acera. Subieron y desaparecieron.

Esa noche me emborraché. Es como si ella hubiera sabido que la seguía y que lo hizo de esa forma para herirme. Y tal vez lo hizo. Tal vez esa era la meta.

Pero a la mañana siguiente ella llegó a la hora habitual y yo estaba de vuelta al éxtasis, solo que ahora con ángulos agregados.

Esa noche cuando la seguí nuevamente eligió un lugar debajo de un farol, frente a una valla de la Chica Munsch.

Ahora me aterroriza pensar que ella estaba al acecho de esa manera.

Después de veinte minutos un auto convertible lentamente llegó por ella, con el respaldo arriba se acercó a la acera.

Estaba más cerca esta vez. Tuve una buena vista del rostro del individuo. Era un poco más joven que yo.

A la mañana siguiente el mismo rostro me miró desde la primera página del periódico. El vehículo descapotable se había encontrado estacionado en una calle secundaria. El hombre había estado en el auto. Tal como en los otros casos de posible-asesinato, la causa de muerte era incierta.

Ese día toda clase de pensamientos giraron en mi cabeza, pero solo había dos cosas que daba por hecho. Que tuve el primer verdadero ofrecimiento de un publicista nacional, y que iba en camino a tomar el brazo de la Chica y bajar las escaleras cuando termináramos de trabajar.

No pareció sorprendida. -'¿Sabes lo que estás haciendo?' - me dijo.

- 'Lo sé.'

Ella sonrió. -'Me preguntaba hasta cuando lo ibas a hacer.'

Me empecé a sentir bien. La despedida estaba por llegar, pero todavía tenía mi brazo alrededor de su figura.

Era otro de esos cálidos atardeceres de otoño. Cruzamos por el parque Ardleigh. Estaba obscuro, pero todo el cielo estaba rosa e iluminaba todos los carteles publicitarios.

Caminamos por el parque un largo rato. Ella no dijo nada y ni siquiera me miró, pero podía ver que sus labios temblaban, después de un momento se aferró a mi brazo. Nos detuvimos. Habíamos estado caminando por el pasto. Se dejó caer e hizo que yo cayera encima de ella. Puso sus manos en mis hombros. Yo la veía directamente al rostro. Era de un pálido rosa reflejado del cielo. Sus ojos hambrientos tenían manchas obscuras.

Busqué a tientas su blusa. Entonces apartó mi mano, no como en el estudio. - 'No quiero eso,' - dijo.

Le diré primero lo que hice y posteriormente porque lo hice. Por último lo que ella dijo.

Lo que hice fue salir corriendo. No recuerdo todo a causa del constante mareo, el cielo se balanceaba otra vez contra los árboles negros. Después de un rato me tambaleaba debajo de las luces de la calle. Al siguiente día cerré el estudio. El teléfono estaba sonando cuando cerré las puertas y las letras cayeron al suelo. Nunca volví a ver a la Chica en persona. Si es la palabra correcta.

Lo hice porque no quería morir. No quería que me sacara la vida. Hay vampiros y los que chupan sangre no son los peores. De no haber sido por la advertencia de los constantes mareos o la cara de papel de Papá Munsch en aquella mañana, habría seguido el camino de los demás. Me di cuenta de lo que tenía en contra y todavía tenía tiempo de alejarme. Reflexioné sobre que de donde sea que haya venido, en cualquier forma, era la quinta esencia del horror detrás de la brillante cartelera. Su sonrisa engaña para que tires tu dinero y tu vida a la basura. Sus ojos te llevan sin cesar para después mostrarte la muerte. Ella es la criatura a la que le dan todo sin nunca ser suficiente. Ella ha empezado o tomar todo lo que quiere sin dar nada a cambio. Cuando llegue a anhelar su rostro en los carteles, recuerde lo que le digo. Ella es el señuelo. Ella es el cebo. Ella es la Chica.


Esto es lo que ella ha dicho, -'Los quiero, quiero tu instante más alto. Quiero ser todo lo que te hace feliz y todo lo malo que te lastima. Quiero ser tu primera chica. Quiero esa bicicleta resplandeciente. Quiero acariciarte. Quiero esa cámara esteopeica. Quiero las piernas de Betty. Quiero el cielo azul lleno de estrellas. Quiero la muerte de tu madre. Quiero tu sangre en los adoquines. Quiero la boca de Mildred. Quiero la primera fotografía que vendiste. Quiero las luces de Chicago. Quiero la ginebra. Quiero las manos de Gewn. Quiero que esperes por mí. Quiero tu vida. Alimentame cariño, alimentame.





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 The  Girl  with  
the  Hungry  Eyes  
FRITZ  LEIBER 



Published in 1949.

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All right, I'll tell you why the Girl gives me the creeps. Why I can't stand to go downtown and see the mob slavering up at her on the tower, with that pop bottle or pack of cigarettes or whatever it is beside her. Why I hate to look at magazines any more because I know she'll turn up somewhere in a brassiere or a bubble bath. Why I don't like to think of millions of Americans drinking in that poisonous halfsmile.

It's quite a story—more story than you're expecting.

No, I haven't suddenly developed any long-haired indignation at the evils of advertising and the national glamour-girl complex. That'd be a laugh for a man in my racket, wouldn't it? Though I think you'll agree there's something a little perverted about trying to capitalize on sex that way. But it's okay with me. And I know we've had the Face and the Body and the Look and what not else, so why shouldn't someone come along who sums it all up so completely, that we have to call her the Girl and blazon her on all the billboards from Times Square to Telegraph Hill?

But the Girl isn't like any of the others. She's unnatural. She's morbid. She's unholy.

Oh it's 1948, is it, and the sort of thing I'm hinting at went out with witchcraft? But you see I'm not altogether sure myself what I'm hinting at, beyond a certain point. There are vampires and vampires, and not all of them suck blood.

And there were the murders, if they were murders.

Besides, let me ask you this. Why, when America is obsessed with the Girl, don't we find out more about her? Why doesn't she rate a Time cover with a droll biography inside? Why hasn't there been a feature in Life or the Post? A Profile in The New Yorker? Why hasn't Charm or Mademoiselle done her career saga? Not ready for it? Nuts!

Why haven't the movies snapped her up? Why hasn't she been on Information, Please? Why don't we see her kissing candidates at political rallies? Why isn't she chosen queen of some sort of junk or other at a convention?

Why don't we read about her tastes and hobbies, her views of the Russian situation? Why haven't the columnists interviewed her in a kimono on the top floor of the tallest hotel in Manhattan and told us who her boyfriends are?

Finally—and this is the real killer—why hasn't she ever been drawn or painted?

Oh, no she hasn't. If you knew anything about commercial art you'd know that. Every blessed one of those pictures was worked up from a photograph. Expertly? Of course. They've got the top artists on it.

But that's how it's done.

And now I'll tell you the why of all that. It's because from the top to the bottom of the whole world of advertising, news, and business, there isn't a solitary soul who knows where the Girl came from, where she lives, what she does, who she is, even what her name is.

You heard me. What's more, not a single solitary soul ever sees her— except one poor damned photographer, who's making more money off her than he ever hoped to in his life and who's scared and miserable as hell every minute of the day.

No, I haven't the faintest idea who he is or where he has his studio. But I know there has to be such a man and I'm morally certain he feels just like I said.

Yes, I might be able to find her, if I tried. I'm not sure though—by now she probably has other safeguards. Besides, I don't want to.

Oh, I'm off my rocker, am I? That sort of thing can't happen in this Year of our Atom 1948? People can't keep out of sight that way, not even Garbo?

Well I happen to know they can, because last year I was that poor damned photographer I was telling you about. Yes, last year, in 1947, when the Girl made her first poisonous splash right here in this big little city of ours.

Yes, I knew you weren't here last year and you don't know about it. Even the Girl had to start small. But if you hunted through the files of the local newspapers, you'd find some ads, and I might be able to locate you some of the old displays—I think Lovelybelt is still using one of them. I used to have a mountain of photos myself, until I burned them.

Yes, I made my cut off her. Nothing like what that other photographer must be making, but enough so it still bought this whisky. She was funny about money. I'll tell you about that.

But first picture me in 1947. I had a fourth-floor studio in that rathole the Hauser Building, catty-corner from Ardleigh Park.

I'd been working at the Marsh-Mason studios until I'd got my bellyful of it and decided to start in for myself. The Hauser Building was crummy—I'll never forget how the stairs creaked—but it was cheap and there was a skylight.

Business was lousy. I kept making the rounds of all the advertisers and agencies, and some of them didn't object to me too much personally, but my stuff never clicked. I was pretty near broke. I was behind on my rent. Hell, I didn't even have enough money to have a girl.

It was one of those dark gray afternoons. The building was awfully quiet—even with the shortage they can't half rent the Hauser. I'd just finished developing some pix I was doing on speculation for Lovelybelt Girdles and Buford's Pool and Playground—the last a faked-up beach scene. My model had left. A Miss Leon. She was a civics teacher at one of the high schools and modeled for me on the side, just lately on speculation too. After one look at the prints, I decided that Miss Leon probably wasn't just what Lovelybelt was looking for—or my photography either. I was about to call it a day.

And then the street door slammed four storeys down and there were steps on the stairs and she came in.

She was wearing a cheap, shiny black dress. Black pumps. No stockings. And except that she had a gray cloth coat over one of them, those skinny arms of hers were bare. Her arms are pretty skinny, you know, or can you see things like that any more?

And then the thin neck, the slightly gaunt, almost prim face, the tumbling mass of dark hair, and looking out from under it the hungriest eyes in the world.

That's the real reason she's plastered all over the country today, you know—those eyes. Nothing vulgar, but just the same they're looking at you with a hunger that's all sex and something more than sex. That's what everybody's been looking for since the Year One—something a little more than sex.

Well, boys, there I was, along with the Girl, in an office that was getting shadowy, in a nearly empty building. A situation that a million male Americans have undoubtedly pictured to themselves with various lush details. How was I feeling? Scared.

I know sex can be frightening. That cold, heart-thumping when you're alone with a girl and feel you're going to touch her. But if it was sex this time, it was overlaid with something else.

At least I wasn't thinking about sex.

I remember that I took a backward step and that my hand jerked so that the photos I was looking at sailed to the floor.

There was the faintest dizzy feeling like something was being drawn out of me. Just a little bit.

That was all. Then she opened her mouth and everything was back to normal for a while.

"I see you're a photographer, mister," she said. "Could you use a model?"

Her voice wasn't very cultivated.

"I doubt it," I told her, picking up the pix. You see, I wasn't impressed. The commercial possibilities of her eyes hadn't registered on me yet, by a long shot. "What have you done?"

Well she gave me a vague sort of story and I began to check her knowledge of model agencies and studios and rates and what not and pretty soon I said to her, "Look here, you never modeled for a photographer in your life. You just walked in here cold."

Well, she admitted that was more or less so.

All along through our talk I got the idea she was feeling her way, like someone in a strange place. Not that she was uncertain of herself, or of me, but just of the general situation.

"And you think anyone can model?" I asked her pityingly.

"Sure," she said.

"Look," I said, "a photographer can waste a dozen negatives trying to get one halfway human photo of an average woman. How many do you think he'd have to waste before he got a real catchy, glamorous pix of her?"

"I think I could do it," she said.

Well, I should have kicked her out right then. Maybe I admired the cool way she stuck to her dumb little guns. Maybe I was touched by her underfed look. More likely I was feeling mean on account of the way my pix had been snubbed by everybody and I wanted to take it out on her by showing her up.

"Okay, I'm going to put you on the spot," I told her. "I'm going to try a couple of shots of you.

Understand, it's strictly on spec. If somebody should ever want to use a photo of you, which is about one chance in two million, I'll pay you regular rates for your time. Not otherwise."

She gave me a smile. The first. "That's swell by me," she said.

Well, I took three or four shots, close-ups of her face since I didn't fancy her cheap dress, and at least she stood up to my sarcasm. Then I remembered I still had the Lovelybelt stuff and I guess the meanness was still working in me because I handed her a girdle and told her to go behind the screen and get into it and she did, without getting flustered as I'd expected, and since we'd gone that far I figured we might as well shoot the beach scene to round it out, and that was that.

All this time I wasn't feeling anything particular in one way or the other except every once in a while I'd get one of those faint dizzy flashes and wonder if there was something wrong with my stomach or if I could have been a bit careless with my chemicals.

Still, you know, I think the uneasiness was in me all the while.

I tossed her a card and pencil. "Write your name and address and phone," I told her and made for the darkroom.

A little later she walked out. I didn't call any good-byes. I was irked because she hadn't fussed around or seemed anxious about her poses, or even thanked me, except for that one smile.

I finished developing the negatives, made some prints, glanced at them, decided they weren't a great deal worse than Miss Leon. On an impulse I slipped them in with the pix I was going to take on the rounds next morning.

By now I'd worked long enough so I was a bit fagged and nervous, but I didn't dare waste enough money on liquor to help that. I wasn't very hungry. I think I went to a cheap movie.

I didn't think of the Girl at all, except maybe to wonder faintly why in my present womanless state I hadn't made a pass at her. She had seemed to belong to a, well, distinctly more approachable social stratum than Miss Leon. But then of course there were all sorts of arguable reasons for my not doing that.

Next morning I made the rounds. My first step was Munsch's Brewery. They were looking for a

"Munsch Girl." Papa Munsch had a sort of affection for me, though he razzed my photography. He had a good natural judgment about that, too. Fifty years ago he might have been one of the shoestring boys who made Hollywood.

Right now he was out in the plant pursuing his favorite occupation. He put down the beaded can, smacked his lips, gabbled something technical to someone about hops, wiped his fat hands on the big apron he was wearing, and grabbed my thin stack of pix.

He was about halfway through, making noises with his tongue and teeth, when he came to her. I kicked myself for even having stuck her in.

"That's her," he said. "The photography's not so hot, but that's the girl."

It was all decided. I wondered now why Papa Munsch sensed what the girl had right away, while I didn't. I think it was because I saw her first in the flesh, if that's the right word.

At the time I just felt faint.

"Who is she?" he asked.

"One of my new models." I tried to make it casual.

"Bring her out tomorrow morning," he told me. "And your stuff. We'll photograph her here. I want to show you.

"Here, don't look so sick," he added. "Have some beer."

Well I went away telling myself it was just a fluke, so that she'd probably blow it tomorrow with her inexperience, and so on.

Just the same, when I reverently laid my next stack of pix on Mr. Fitch, of Lovelybelt's rose-colored blotter, I had hers on top.

Mr. Fitch went through the motions of being an art critic. He leaned over backward, squinted his eyes, waved his long fingers, and said, "Hmmm. What do you think, Miss Willow? Here, in this light. Of course the photograph doesn't show the bias cut. And perhaps we should use the Lovelybelt Imp instead of the Angel. Still, the girl… Come over here, Binns." More finger-waving. "I want a married man's reaction."

He couldn't hide the fact that he was hooked.

Exactly the same thing happened at Buford's Pool and Playground, except that Da Costa didn't need a married man's say-so.

"Hot stuff," he said, sucking his lips. "Oh, boy, you photographers!"

I hot-footed it back to the office and grabbed up the card I'd given to her to put down her name and address.

It was blank.

I don't mind telling you that the next five days were about the worst I ever went through, in an ordinary way. When next morning rolled around and I still hadn't got hold of her, I had to start stalling.

"She's sick," I told Papa Munsch over the phone.

"She at a hospital?" he asked me.

"Nothing that serious." I told him.

"Get her out here then. What's a little headache?"

"Sorry, I can't."

Papa Munsch got suspicious. "You really got this girl?"

"Of course I have."

"Well, I don't know. I'd think it was some New York model, except I recognized your lousy photography."

I laughed.

"Well look, you get her here tomorrow morning, you hear?"

"I'll try."

"Try nothing. You get her out here."

He didn't know half of what I tried. I went around to all the model and employment agencies. I did some slick detective work at the photographic and art studios. I used up some of my last dimes putting advertisements in all three papers. I looked at high school yearbooks and at employee photos in local house organs. I went to restaurants and drugstores, looking for waitresses, and to dime stores and department stores, looking at clerks. I watched the crowds coming out of movie theatres. I roamed the streets.

Evenings I spent quite a bit of time along Pick-up Row. Somehow that seemed the right place.

The fifth afternoon I knew I was licked. Papa Munsch's deadline—he'd given me several, but this was it—was due to run out at six o'clock. Mr. Fitch had already canceled.

I was at the studio window, looking out at Ardleigh Park.

She walked in.

I'd gone over this moment so often in my mind that I had no trouble putting on my act. Even the faint dizzy feeling didn't throw me off.

"Hello," I said, hardly looking at her.

"Hello," she said.

"Not discouraged yet?"

"No." It didn't sound uneasy or defiant. It was just a statement.

I snapped a look at my watch, got up and said curtly, "Look here, I'm going to give you a chance.

There's a client of mine looking for a girl your general type. If you do a real good job you may break into the modeling business.

"We can see him this afternoon if we hurry." I said. I picked up my stuff. "Come on. And next time, if you expect favors, don't forget to leave your phone number."

"Uh, uh," she said, not moving.

"What do you mean?" I said.

"I'm not going to see any client of yours."

"The hell you aren't," I said. "You little nut, I'm giving you a break."

She shook her head slowly. "You're not fooling me, baby, you're not fooling me at all. They want me."

And she gave me the second smile.

At the time I thought she must have seen my newspaper ad. Now I'm not so sure.

"And now I'll tell you how we're going to work," she went on. "You aren't going to have my name or address or phone number. Nobody is. And we're going to do all the pictures right here. Just you and me."

You can imagine the roar I raised at that. I was everything—angry, sarcastic, patiently explanatory, off my nut, threatening, pleading.

I would have slapped her face off, except it was photographic capital.

In the end all I could do was phone Papa Munsch and tell him her conditions. I know I didn't have a chance, but I had to take it.

He gave me a really angry bawling out, said "no" several times and hung up.

It didn't faze her. "We'll start shooting at ten o'clock tomorrow," she said.

It was just like her, using that corny line from the movie magazines.

About midnight Papa Munsch called me up.

"I don't know what insane asylum you're renting this girl from," he said, "but I'll take her. Come around tomorrow morning and I'll try to get it through your head just how I want the pictures. And I'm glad I got you out of bed!"

After that it was a breeze. Even Mr. Fitch reconsidered and after taking two days to tell me it was quite impossible, he accepted the conditions too.

Of course you're all under the spell of the Girl, so you can't understand how much self-sacrifice it represented on Mr. Fitch's part when he agreed to forego supervising the photography of my model in the Lovelybelt Imp or Vixen or whatever it was we finally used.

Next morning she turned up on time according to her schedule, and we went to work. I'll say one thing for her, she never got tired and she never kicked at the way I fussed over shots. I got along okay except I still had the feeling of something being shoved away gently. Maybe you've felt it just a little, looking at her picture.

When we finished I found out there were still more rules. It was about the middle of the afternoon. I started down with her to get a sandwich and coffee.

"Uh uh," she said, "I'm going down alone. And look, baby, if you ever try to follow me, if you ever so much as stick your head out that window when I go, you can hire yourself another model."

You can imagine how all this crazy stuff strained my temper—and my imagination. I remember opening the window after she was gone—I waited a few minutes first—and standing there getting some fresh air and trying to figure out what could be back of it, whether she was hiding from the police, or was somebody's ruined daughter, or maybe had got the idea it was smart to be temperamental, or more likely Papa Munsch was right and she was partly nuts.

But I had my pix to finish up.

Looking back it's amazing to think how fast her magic began to take hold of the city after that.

Remembering what came after, I'm frightened of what's happening to the whole country—and maybe the world. Yesterday I read something in Time about the Girl's picture turning up on billboards in Egypt.

The rest of my story will help show you why I'm frightened in that big general way. But I have a theory, too, that helps explain, though it's one of those things that's beyond that "certain point." It's about the Girl. I'll give it to you in a few words.

You know how modern advertising gets everybody's mind set in the same direction, wanting the same things, imagining the same things. And you know the psychologists aren't so sceptical of telepathy as they used to be.

Add up the two ideas. Suppose the identical desires of millions of people focused on one telepathic person. Say a girl. Shaped her in their image.

Imagine her knowing the hiddenmost hungers of millions of men. Imagine her seeing deeper into those hungers than the people that had them, seeing the hatred and the wish for death behind the lust. Imagine her shaping herself in that complete image, keeping herself as aloof as marble. Yet imagine the hunger she might feel in answer to their hunger.

But that's getting a long way from the facts of my story. And some of those facts are darn solid. Like money. We made money.

That was the funny thing I was going to tell you. I was afraid the Girl was going to hold me up. She really had me over a barrel, you know.

But she didn't ask for anything but the regular rates. Later on I insisted on pushing more money at her, a whole lot. But she always took it with that same contemptuous look, as if she were going to toss it down the first drain when she got outside.

Maybe she did.

At any rate, I had money. For the first time in months I had money enough to get drunk, buy new clothes, take taxicabs. I could make a play for any girl I wanted to. I only had to pick.

And so of course I had to go and pick—

But first let me tell you about Papa Munsch.

Papa Munsch wasn't the first of the boys to try to meet my model but I think he was the first to really go soft on her. I could watch the change in his eyes as he looked at her pictures. They began to get sentimental, reverent. Mama Munsch had been dead for two years.

He was smart about the way he planned it. He got me to drop some information which told him when she came to work, and then one morning he came pounding up the stairs a few minutes before.

"I've got to see her, Dave," he told me.

I argued with him, I kidded him. I explained he didn't know just how serious she was about her crazy ideas. I pointed out he was cutting both our throats. I even amazed myself by bawling him out.

He didn't take any of it in his usual way. He just kept repeating, "But, Dave, I've got to see her."

The street door slammed.

"That's her," I said, lowering my voice. "You've got to get out."

He wouldn't, so I shoved him in the darkroom. "And keep quiet," I whispered. "I'll tell her I can't work today."

I knew he'd try to look at her and probably come busting in, but there wasn't anything else I could do.

The footsteps came to the fourth floor. But she never showed at the door. I got uneasy.

"Get that bum out of there!" she yelled suddenly from beyond the door. Not very loud, but in her commonest voice.

"I'm going up to the next landing," she said, "And if that fat-bellied bum doesn't march straight down to the street, he'll never get another pix of me except spitting in his lousy beer."

Papa Munsch came out of the darkroom. He was white. He didn't look at me as he went out. He never looked at her pictures in front of me again.

That was Papa Munsch. Now it's me I'm telling about. I talked about the subject with her, I hinted, eventually I made my pass.

She lifted my hand off her as if it were a damp rag.

"Nix, baby," she said. "This is working time."

"But afterward…"I pressed.

"The rules still hold." And I got what I think was the fifth smile.

It's hard to believe, but she never budged an inch from that crazy line. I mustn't make a pass at her in the office, because our work was very important and she loved it and there mustn't be any distractions.

And I couldn't see her anywhere else, because if I tried to, I'd never snap another picture of her—and all this with more money coming in all the time and me never so stupid as to think my photography had anything to do with it.

Of course I wouldn't have been human if I hadn't made more passes. But they always got the wet-rag treatment and there weren't any more smiles.

I changed. I went sort of crazy and light-headed—only sometimes I felt my head was going to burst.

And I started to talk to her all the time. About myself.

It was like being in a constant delirium that never interfered with business. I didn't pay attention to the dizzy feeling. It seemed natural.

I'd walk around and for a moment the reflector would look like a sheet of white-hot steel, or the shadows would seem like armies of moths, or the camera would be a big black coal car. But the next instant they'd come all right again.

I think sometimes I was scared to death of her. She'd seem the strangest, horriblest person in the world.

But other times…

And I talked. It didn't matter what I was doing—lighting her, posing her, fussing with props, snapping my pix—or where she was—on the platform, behind the screen, relaxing with a magazine—I kept up a steady gab.

I told her everything I knew about myself. I told her about my first girl. I told her about my brother Bob's bicycle. I told her about running away on a freight and the licking Pa gave me when I came home.

I told her about shipping to South America and the blue sky at night. I told her about Betty. I told her about my mother dying of cancer. I told her about being beaten up in a fight in an alley behind a bar. I told her about Mildred. I told her about the first picture I ever sold. I told her how Chicago looked from a sailboat. I told her about the longest drunk I was ever on. I told her about Marsh-Mason. I told her about Gwen. I told her about how I met Papa Munsch. I told her about hunting her. I told her about how I felt now.

She never paid the slightest attention to what I said. I couldn't even tell if she heard me.

It was when we were getting our first nibble from national advertisers that I decided to follow her when she went home.

Wait, I can place it better than that. Something you'll remember from the out-of-town papers—those maybe-murders I mentioned. I think there were six.

I say "maybe" because the police could never be sure they weren't heart attacks. But there's bound to be suspicion when heart attacks happen to people whose hearts have been okay, and always at night when they're alone and away from home and there's a question of what they were doing.

The six deaths created one of those "mystery poisoner" scares. And afterward there was a feeling that they hadn't really stopped, but were being continued in a less suspicious way.

That's one of the things that scares me now.

But at that time my only feeling was relief that I'd decided to follow her.

I made her work until dark one afternoon. I didn't need any excuses, we were snowed under with orders.

I waited until the street door slammed, then I ran down. I was wearing rubber-soled shoes. I'd slipped on a dark coat she'd never seen me in, and a dark hat.

I stood in the doorway until I spotted her. She was walking by Ardleigh Park toward the heart of town. It was one of those warm fall nights. I followed her on the other side of the street. My idea for tonight was just to find out where she lived. That would give me a hold on her.

She stopped in front of a display window of Everly's department store, standing back from the glow.

She stood there looking in.

I remembered we'd done a big photograph of her for Everly's, to make a flat model for a lingerie display. That was what she was looking at.

At the time it seemed all right to me that she should adore herself, if that was what she was doing.

When people passed she'd turn away a little or drift back farther into the shadows.

Then a man came by alone. I couldn't see his face very well, but he looked middle-aged. He stopped and stood looking in the window.

She came out of the shadows and stepped up beside him.

How would you boys feel if you were looking at a poster of the Girl and suddenly she was there beside you, her arm linked with yours?

This fellow's reaction showed plain as day. A crazy dream had come to life for him.

They talked for a moment. Then he waved a taxi to the curb. They got in and drove off.

I got drunk that night. It was almost as if she'd known I was following her and had picked that way to hurt me. Maybe she had. Maybe this was the finish.

But the next morning she turned up at the usual time and I was back in the delirium, only now with some new angles added.

That night when I followed her she picked a spot under a street lamp, opposite one of the Munsch Girl billboards.

Now it frightens me to think of her lurking that way.

After about twenty minutes a convertible slowed down going past her, backed up, swung in to the curb.

I was closer this time. I got a good look at the fellow's face. He was a little younger, about my age.

Next morning the same face looked up at me from the front page of the paper. The convertible had been found parked on a side street. He had been in it. As in the other maybe-murders, the cause of death was uncertain.

All kinds of thoughts were spinning in my head that day, but there were only two things I knew for sure.

That I'd got the first real offer from a national advertiser, and that I was going to take the Girl's arm and walk down the stairs with her when we quit work.

She didn't seem surprised. "You know what you're doing?" she said.

"I know."

She smiled. "I was wondering when you'd get around to it."

I began to feel good. I was kissing everything good-bye, but I had my arm around hers.

It was another of those warm fall evenings. We cut across into Ardleigh Park. It was dark there, but all around the sky was a sallow pink from the advertising signs.

We walked for a long time in the park. She didn't say anything and she didn't look at me, but I could see her lips twitching and after a while her hand tightened on my arm.

We stopped. We'd been walking across the grass. She dropped down and pulled me after her. She put her hands on my shoulders. I was looking down at her face. It was the faintest sallow pink from the glow in the sky. The hungry eyes were dark smudges.

I was fumbling with her blouse. She took my hand away, not like she had in the studio. "I don't want that," she said.

First I'll tell you what I did afterward. Then I'll tell you why I did it. Then I'll tell you what she said.

What I did was run away. I don't remember all of that because I was dizzy, and the pink sky was swinging against the dark trees. But after a while I staggered into the lights of the street. The next day I closed up the studio. The telephone was ringing when I locked the door and there were unopened letters on the floor. I never saw the Girl again in the flesh, if that's the right word.

I did it because I didn't want to die. I didn't want the life drawn out of me. There are vampires and vampires, and the ones that suck blood aren't the worst. If it hadn't been for the warning of those dizzy flashes, and Papa Munsch and the face in the morning paper, I'd have gone the way the others did. But I realized what I was up against while there was still time to tear myself away. I realized that wherever she came from, whatever shaped her, she's the quintessence of the horror behind the bright billboard.

She's the smile that tricks you into throwing away your money and your life. She's the eyes that lead you on and on, and then show you death. She's the creature you give everything for and never really get.

She's the being that takes everything you've got and gives nothing in return. When you yearn toward her face on the billboards, remember that. She's the lure. She's the bait. She's the Girl.

And this is what she said, "I want you. I want your high spots. I want everything that's made you happy and everything that's hurt you bad. I want your first girl. I want that shiny bicycle. I want that licking. I want that pinhole camera. I want Betty's legs. I want the blue sky filled with stars. I want your mother's death. I want your blood on the cobblestones. I want Mildred's mouth. I want the first picture you sold. I want the lights of Chicago. I want the gin. I want Gwen's hands. I want your wanting me. I want your life. Feed me, baby, feed me.



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