2/03/2012

PostHeaderIcon La chica de los ojos hambrientos, Fritz Leiber

 Muy bien, le explicaré por qué la chica me pone la piel de gallina. El por qué no puedo ir al centro a ver como la multitud babea ante la torre donde se encuentra su efigie, con esa botella de refresco o ese paquete de cigarrillos, o lo que sea que tenga alado. ¿La razón?, que ya no puedo soportar echarle un vistazo a las revistas porque sé que aparecerá en alguna página luciendo un sostén o en un baño de esponja. El porqué no me gusta pensar que millones de norteamericanos absorben arduamente esa media sonrisa ponzoñosa. Es toda una historia - más de lo que espera.

No, no es que haya sufrido un ataque de repentina indignación ante los males de la publicidad y la obsesión nacional por las chicas guapas y seductoras. Eso sería más bien risible en un hombre de mi profesión ¿verdad?. Aunque de todas formas creo que estará de acuerdo conmigo de que haya algo levemente perverso en que el hecho de que el sexo se ha utilizado de esta manera. Claro que eso no me importa. Y sé que hemos tenido la Cara, el Cuerpo y la Mirada y muchas otras cosas más, así que porque no íbamos a acabar teniendo a alguien que poseyera todo eso resumiéndolo de una forma tan completa y que no nos quedó más remedio que llamarla "La Chica" y colocar su efigie y hasta todos sus grafitis por todas las vallas publicitarias del Times Square al Telegraph Hill?

Pero la Chica no se parece a ninguna de las otras, lo suyo no es algo natural, es algo morboso y maligno.

Oh si claro! Estamos hablando de 1948 y el tipo de cosas a las que estoy haciendo alusión salieron con la brujería, ¿verdad? Pero verá, más allá de cierto punto no me siento demasiado seguro a que estoy haciendo alusión. Hay vampiros y vampiros que no todos chupan sangre.

Y hubo asesinatos, si es que fueron asesinatos.

Además, permitame preguntarle esto. Si Norteamérica está tan obsesionada con la Chica, ¿porqué no sabemos más de ella? ¿Porqué no se ha merecido el honor de aparecer en la portada del Time con una biografía incluida? ¿Porqué no le han hecho un artículo en el Life o el Post? ¿Un perfil en el New Yorker? ¿Porqué el Charm o Mademoiselle no le han hecho una saga de su carrera? No están listos para eso? Tonterias!

¿Porqué el cine no arriesgó con una de sus películas? ¿Porqué no a aparecido en el Information, Please? ¿Porqué no la hemos visto besando a los candidatos políticos para las elecciones? ¿Porqué no ha sido escogida como reina de cualquier porquería u otra en alguna convención?


¿Porqué no leemos nada de sus gustos y aficiones, sus opiniones acerca de la situación Rusa? ¿Cómo es que los columnistas no la han entrevistado con un kimono en el hotel más alto de Manhattan para decirnos quien es su novio?

Finalmente - y eso es lo que realmente me mata - ¿Porqué nunca ha sido dibujada o pintada?

Oh, no lo han hecho. Si usted supiera algo sobre arte comercial lo sabría. Cada una de esas imágenes bendecidas se trabajó a partir de una fotografía. ¿Experto? Por supuesto. Tiene a los mejores artistas trabajando en ello. Así es como lo hace ahora.

Y ahora le diré el porqué de todo esto. Es porque todo el mundo de la publicidad, de las noticias y de los negocios, ninguna alma solitaria que supo de donde vino la Chica, donde vivía, que hace, quién es y ni tan siquiera cual es su nombre.

Me ha oído bien. Más aún, nadie llega a verla nunca - excepto un pobre y maldito fotógrafo, que esta haciendo más dinero que nunca esperó hacer en su vida y que pasa cada minuto del día sintiéndose asustado y confuso.

No, no tengo ni la más leve idea de quien es y donde tiene su estudio. Pero se que ese hombre debe existir y tengo la más absoluta certeza moral que se siente justo como lo he dicho.

Cierto, estaba dispuesto a encontrarla, y si lo hice. No estoy muy seguro pero por ahora probablemente tenga otros medios de protección. Además, no quiero intentarlo.

¡Oh!, estoy fuera de balance ¿lo estoy? Son la clase de cosas que no pueden ocurrir en este nuestro año átomo 1948. nadie puede mantenerse oculto de esa forma, no siquiera Greta Garbo?

Bueno, sucede que sé como puede hacerse, porque el año pasado yo era ese pobre condenado fotógrafo del que le he estado hablando.

Si, el año pasado, en 1947, cuando la chica hizo su primera salpicada venenosa en esta nuestra pequeña gran ciudad.

Si, escuchó bien, sabía que usted no estuvo aquí el año pasado y que no estaba enterado de esto. Incluso la Chica tuvo que empezar poco a poco. Pero si usted husmea en los archivos de los periódicos locales encontrará algunos anuncios y quizá hasta pueda mostrarle parte del material antiguo - creo que Lovelybelt continua utilizando alguna de esos retratos. Solía tener una montaña de fotos hasta que terminé por quemarlas todas.

Si, saqué una buena tajada de ellas. Nada comparado como las que debe estar haciendo algún otro fotógrafo, pero las suficientes para comprar whisky. la chica tenía una actitud extraña hacia el dinero. Ya le contaré sobre eso.

Pero mi primera foto no fue sino hasta 1947. Tenía un estudio en el cuarto piso de una ratonera en el edificio Hauser pegadito al parque Ardleigh.

Yo había estado trabajando en los estudios Marsh-Manson hasta que me harté de eso y decidí trabajar en solitario. El edificio Hauser era un completo desastre - nunca olvidaré como crujían las escaleras - pero el alquiler era barato y había un tragaluz que me proveía de luz natural.

El negocio andaba fatal, recorrí todos los circuitos anunciantes y agencias, y algunas de ellas se interesaron por mí, pero no conseguí cerrar ningún trato. Estaba muy cerca de la quiebra. Tenía retraso en el alquiler. Diablos, ni siquiera tenía dinero suficiente para tener una chica.

Era una de esas tardes grises y obscuras. El edificio estaba terriblemente silencioso - apenas había conseguido alquilar la mitad del Houser. Acababa de arreglar algunas fotos que pensaba ofrecerle en fajas a Lovelybelt y Buford's Pool de las últimas escenas de la playa. Mi modelo ya se había marchado. Ella era una profesora de una escuela secundaria y también hacía algún trabajito para mí que sólo le pagaba si vendía algo. Después de ver las impresiones, decidí que la señorita León no era lo que Lovelybelt estaba buscando - tampoco mi fotografía. Estaba por terminar el día.

Y entonces la puerta que daba a la calle azotó cuatro pisos abajo y unos pasos hicieron eco en la escalera y ella entró.

Traía un vestido de tela obscura barata. Zapatos negros. Sin medias, sus brazos eran muy delgados y estaban desnudos, ¿se ha dado cuenta?, es posible que ya no sean capaces de fijarse en esas cosas?

Y luego el cuello delgado y ese rostro levemente enflaquecido casi austero, la cascada de cabello negro y por debajo se asomaban los ojos más hambrientos del mundo.

Esa es la única razón por la que sea se haya expandido por todo el mundo hoy en día, usted sabe - esos ojos. Nada vulgar, pero solo justo lo mismo que todo el mundo ha buscado con un hambre lo que llama al sexo y algo más. Eso es lo que todo el mundo ha ido buscando desde el año uno, algo más que sexo.

Bueno amigos, ahí estaba solo con la Chica, en un estudio que comenzaba a llenarse de sombras en un edificio vacío. En una situación que estoy seguro que millones de norteamericanos han imaginado con toda variedad de pequeños detalles y lapsos. ¿Cómo me sentí? Asustado.

Sé que el sexo puede dar miedo. Ese frío palpitar de tu corazón cuando te encuentras a solas con una chica y te das cuenta que vas a tocarla. pero si esto era sexo, estaba recubierto por algo más.

Al menos yo no estaba pensando en sexo.

Recuerdo que dí un paso hacia atrás y que mi mano comenzó a temblar de tal forma que las fotografías que había estado revisando cayeron al suelo.

Sentí un mareo casi imperceptible como si algo estuviera saliendo de mi cuerpo. Sólo un poquito.

Eso fue todo. Entonces ella abrió la boca y todo volvió a la normalidad, por un rato.

-'Veo que usted es fotógrafo señor, ¿podría ser su modelo?'-me dijo.

Su voz no era muy refinada.

-'Lo dudo,' -le dije levantando el fajo de fotografías. Verá, no estaba impresionado. Aun me tardaba mucho en captar las posibilidades comerciales en sus ojos.

-'¿Que ha hecho hasta ahora?'

Bueno, me contó una historia bastante vaga así que me dediqué a indagar hasta donde llegaban sus conocimientos sobre las agencias de modelos y tarifas así que no tarde mucho en hacerme una idea.

-'Oiga, usted no ha posado para un fotógrafo en toda su vida? ¿Éste es el primer estudio fotográfico que pisa verdad?'

Admitió que así era, más o menos. Durante la charla tuve la impresión de que se movía y hablaba con cierta vacilación, como lo hacemos todos cuando nos encontramos en un lugar desconocido. No era ningún titubeo por su parte o por mí, sino solo la situación en general.

-'Y usted cree que cualquiera puede modelar?'- Le pregunté con compasión.

-'¡Claro!'- respondió.

-'Mire,' -dije. 'Un fotógrafo puede desperdiciar una docena de negativos tratando de obtener una foto donde una mujer corriente aparezca con un aspecto medio humano. ¿Cuántos cree que pueda mal gastar antes de que pueda conseguir una instantánea donde luzca realmente atractiva?'

-'Podrá hacerlo' -repuso ella.

Bueno, pude haberla echado a patadas de mi estudio en ese instante. Quizás sentí cierta admiración ante la frialdad con la que pregonaba sus modestos atractivos. tal vez me dejé conmover por su aspecto desnutrido. Lo más probable es que estuviera irritado por la forma en que todos habían rechazado mis fotos y tuviera ganas de desquitarme con ella dándole una lección.

-'De acuerdo. Le voy a tomar unas fotos'- le dije. 'Le voy a tomar un par de fotos. Entienda que es estrictamente una prueba. Por si alguien quiere utilizar una foto suya. Lo cual es una oportunidad en dos millones, Le pagaré la tarifa habitual por su tiempo. De ninguna otra manera.'

Sonrió por primera vez.

-'Por mí esta bien.'-dijo.

Bueno, le saqué tres o cuatro fotos, los primeros planos de su rostro ya que su vestido me parecía muy feo, y debo reconocer que soportó bastante bien mi sarcasmo. Entonces recordé que todavía tenía el material de Lovelybelt y supongo que todavía estaba irritado porque tenía una fajín y le pedí que fuera atrás del biombo a ponérselo y lo hizo, sin ruborizarse como yo esperaba, y ya que habíamos llegado tan lejos pensé en que podríamos hacer la escena de la playa, y eso fue todo.

Durante ese tiempo no sentí nada en particular, salvo que de vez en cuando volvía a tener esa especie de mareo y me pregunté si tendría algún problema de estomago o si hubiera sido un poco más descuidado que de costumbre con mis productos químicos.

Aun así, ya sabes, el miedo estaba en mí todo el tiempo.

Le arrojé una tarjeta y una pluma. -'Escriba su nombre, dirección y número telefónico' -le dije. Me fui al cuarto obscuro.

Se marchó unos minutos después, no me despedí de ella. Estaba molesto porque había obedecido todas mis ordenes sin rechistar y ligeramente ansioso por sus poses, ni siquiera me agradeció, excepto por esa sonrisa.

Terminé de hacer los negativos, hice algunas impresiones, les eché un vistazo y decidí que eran tan buenas como las de la señorita León. Tuve un impulso y las puse junto a las otras fotos que pensaba llevar a la siguiente mañana a la siguiente ronda.

A estas alturas había trabajado lo suficiente como para sentirme fatigado y nervioso, pero no estaba dispuesto a gastar el dinero restante para solucionar eso. No tenía hambre. Creo que fui a ver una película barata.

No pensé en la Chica por un tiempo, excepto solo al preguntarme en mi condición sin mujeres no me le arrojé. Ella no parecía pertenecer, he... bueno, a un estrato social más accesible que la señorita León. Pero naturalmente había muchas razones por las cuales no me le insinué.

La mañana siguiente hice las rondas. La primera parada fue la Cervecería Munsch. Estaban buscando a la 'Chica Munsch'. Papá Munsch sentía un especial afecto hacia mí, a pesar que mis fotos le parecían horribles. El poseía un talento natural para juzgar las cosas. Cincuenta años antes podría haber sido uno de los tipos que crearon Hollywood.

En este momento se dedicaba a su empresa favorita. Dejó la jarra de cerveza en la mesa, se lamió los labios, me soltó no se que tecnicismo sobre la espuma, se limpió las manos gordas en el delantal que llevaba puesto y cogió el delgado fajo de fotos.

Después de haber repasado la mitad del fajo, haciendo ruidos nasales llegó a ella. Me arrepentí por haber metido su foto.

-'Es ella', - dijo. 'La fotografía no es la gran cosa, pero es la chica.'

Eso decidió todo. Ahora me pregunto porque Papá Munsch captó lo que tenía la chica al instante, cuando yo no me había dado cuanta de nada. Creo que fue porque la primera vez que la vi fue en carne y hueso, aunque no se si es la palabra correcta.

En ese momento lo único que sentí fue debilidad.

-'¿Quién es?- me preguntó.

-'Una de mis nuevas modelos.' Traté de sonar lo más natural posible.

'Tráigala mañana temprano.' -me dijo. -'Venga con su equipo. La fotografiaremos aquí. Quiero enseñarle unas cuantas cosas.'

-'Vamos, no ponga tan mala cara' - agregó. 'Beba cerveza.'

Bueno, me marché diciéndome que solo fue una casualidad, ya que probablemente ella lo echaría a perder con su inexperiencia y ese tipo de cosas.

Aún así, cuando dejé reverente mi siguiente fajo de fotos frente al señor Finch de Lovelybelt junto a su secante color rosa, su foto era la primera.

El señor Finch hizo todos los gestos que se esperan de un crítico de arte. Se reclinó en el asiento, entrecerró los ojos, agitó sus largos dedos y dijo -'Hmmm. ¿Qué opina señorita Willow? Con esta luz. Por supuesto que el fotógrafo no muestra el corte de la modelo. Y probablemente podríamos utilizar el diablillo de Lovelybelt en lugar del ángel. Aún así, la chica... Venga aquí Binns.' Más agitación de dedos. -'Quiero ver la reacción de un hombre casado.'

No pudo ocultar que había quedado fascinado.

Lo mismo pasó en la piscina y juegos de Buford, excepto en Da Costa donde no necesitaron el visto bueno de un hombre casado, digo.

-'Que ardiente', -dijo chupándose los labios. -'¡Ustedes los fotógrafos si que tienen suerte!'

Volví a toda prisa al estudio y cogí la tarjeta que le había entregado para que anotará sus datos.

Estaba en blanco.

No me importa confesarle que los siguientes días fueron los peores por los que jamás había pasado, aunque ese peor no salió de los corriente. A la mañana siguiente no había logrado ponerme en contacto con ella, tuve que empezar a ganar tiempo.

-'Ella está enferma', -le dije a Papá Munsch por teléfono.

-'Esta en el hospital? - me preguntó.'

-'No, no es nada serio' - le dije.

-'Tráigala aquí entonces. ¿Qué es un pequeño dolor de cabeza?'

-'Lo siento, no puedo.'

Papá Munsch sospechó. -'¿Realmente tiene a la chica?'

-'Claro que la tengo.'

-'Bueno, no se. Si no fuera por su pésimo estilo fotográfico pensaría que es una modelo de Nueva York.'

-'Bueno mire, la traerá aquí mañana en la mañana, me oyó?'

-'Trataré'

-'Tratará nada. La traerá aquí mañana.'

Nunca llegó a saber ni la mitad de lo que me esforcé por conseguirlo. Fui a todas las agencias de empleo. Hice algo de labor detectivesca en los estudios fotográficos. Gasté parte de mis últimas monedas poniendo anuncios en los periódicos de la ciudad. Examiné anuarios de la secundaria y fotos de empleadas en casas de música. Fui a restaurantes y farmacias, buscando camareras, tiendas y almacenes buscando auxiliares. Observé la multitud que salía de los cines. Vagué por las calles.

Por la noche me pasé recorriendo la calle de los ligues. de alguna manera, me parecía el lugar correcto.

Al final de la quinta tarde supe que estaba frito. Papá Munsch ya me había dado varios plazos, pero este último expiraba a las seis. El señor Finch ya había cancelado.

Estaba al pie de la ventana contemplando el parque Ardleigh.

Ella entró.

Había repasado mentalmente ese instante tantas veces que no me costó nada actuar de manera instintiva, ni siquiera la leve sensación de mareo logró ponerme nervioso.

-'Hola' -le dije casi sin mirarla.

-'Hola' -respondió.

-'¿Ha perdido el interés?

-'No.' No pareció ni incomodo ni desafiante. Era solo una afirmación.

Le eche un vistazo a mi reloj y me puse de pie.

-'Mire, le voy a dar una oportunidad' - dije secamente. -'Tengo un cliente que esta buscando a una chica de su estilo. Si hace un trabajo de verdad puede que pueda entrar al negocio del modelaje.'

-'Si nos damos prisa podremos verle esta misma tarde.' - le dije. Recogí mi equipo. -'Vamos. Y para la próxima vez, si necesita favores, no olvide dejar su número telefónico.'

-'Uh, uh' - dijo sin moverse.

-'¿A que se refiere?' - Le pregunté.

-'No voy a ver a ninguno de sus clientes.'

-'Que demonios, mire chiflada, de un respiro.'

Meneo la cabeza lentamente. -'No me engañas cariño, nunca lo has hecho. Ellos me quieren.' Y me regaló la segunda sonrisa.

Entonces pensé que debió haber visto mis anuncios en el periódico. No estoy tan seguro.

-'Ahora te diré como trabajaremos', prosiguió. 'No sabrás mi nombre, mi dirección o mi número telefónico. Nadie lo tiene. Y haremos todas las fotografías aquí. Solo tu y yo.'

Se puede imaginar el jaleo que armé. Lo mostré todo, enojo, sarcasmo, paciencia en los argumentos, chiflado, amenazante, suplicante.

Le abría roto la cara a bofetadas, no lo hice pensando en el capital fotográfico.

Al final lo único que pude hacer fue llamar por teléfono a Papá Munsch y decirle sus condiciones. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero no tuve otra opción.

Me dio una muy molesta respuesta, dijo 'no' varias veces y colgó.

Ella no se dejó impresionar. -'Bueno empezaremos la sesión a las diez en punto de mañana,' -afirmó.

Típico de ella, usando esa clase de frases idiotas de las revistas de cine.

A la media noche llamó Papá Munsch.

-'No se de que manicomio contrató a esta chica' - dijo, -'Pero la quiero. Venga en la mañana y le trataré de meter en la cabeza cuanto quiero esas fotos. ¡Me alegro de haberlo levantado de la cama!

Después todo fue una brisa. Incluso el señor Finch cambió de parecer y después de dos días que se pasara diciéndome que era imposible aceptar las condiciones, las acepto. Naturalmente todos se encontraban bajo el hechizo de la Chica, entonces podrá suponer el sacrificio que hizo el señor Finch cuando renunció a supervisar las fotos de mi modelo llevando al diablillo de Lovelybelt o a Vixen o al maldito modelo que finalmente utilizamos.

A la mañana siguiente ella llegó a la hora acordada, y empezamos a trabajar. Tengo que admitir algo sobre ella, y es que nunca se cansaba, nunca se negó a la hora de repetir las fotos. No tuve ningún problema aunque sentía la misma sensación de estar perdiendo algo indefinible, como si me lo quitaran de una manera muy suave. Puede que usted también lo haya sentido, al mirar su fotografía.

Cuando terminamos descubrí que había más reglas. Sucedió a media tarde. Me dispuse a bajar con ella a tomar un bocadillo y café.

-'Uh uh.' me dijo, -'Bajaré sola. Mira cariño, si alguna vez intentas seguirme, o si intentas asomar la cabeza por la ventana cuando me vaya, puedes irte buscando otra modelo.'

Se puede imaginar que todas estas locuras me pusieron de mal humor, hicieron funcionar mi cabeza a toda velocidad. Recuerdo que abrí la ventana después de que se marchó - primero esperé unos minutos - tratando de respirar aire fresco, de imaginarme que había detrás de todo eso, si se estaba escondiendo de la policía, o si era la hija de algún ricachón arruinado, o si tal vez se le había metido en la cabeza la gran idea de ser temperamental, Papá Munsch tenía razón, le faltaba un tornillo.

Pero tenía que terminar las fotografías.

Mirando hacia atrás, es increíble pensar la rapidez con la que su magia se apoderó de la ciudad. Cuando recuerdo lo que vino después, me asusta pensar en lo que esta ocurriendo en todo el país - y tal vez en el mundo entero. Ayer leí un comentario en el Time, decía que la imagen de la Chica aparecía en las vallas publicitarias de Egipto.

El resto de mi historia le ayudará a comprender el porqué de mi temor. Pero tengo una teoría que ayude a explicar aunque es una de esas cosas que va más allá de 'cierto punto'. Es sobre la Chica y se lo diré en pocas palabras.

Usted sabe que la publicidad moderna hace que la mente del público vaya en la misma dirección, todos quieren lo mismo, todos imaginan lo mismo. Usted sabe que los psicoanalistas ya no sienten el mismo escepticismo hacia la telepatía como antes.

Añada las dos ideas. Suponga que los deseos de millones de personas se concentran en una sola persona que tiene el don de la telepatía. Digamos que la persona es la Chica. Moldeándola a su imagen.

Reflexione que conoce los apetitos más ocultos de millones de hombres. Piense lo que sería comprenderlos y captarlos de una manera más profunda que las personas que los experimenta viendo el odio y deseo de la muerte que hay detrás de la lujuria.

Imagínesela moldeándose a si misma para adoptar esa apariencia, manteniéndose tan altiva y distante como si estuviera hecha de mármol. Aún así suponga el hambre que ella podía sentir en respuesta al hambre de esos millones de personas.

Pero eso es alejarse mucho de mi historia. Y ninguno de esos hechos son tan condenadamente sólidos. Como el dinero. Ganamos mucho dinero.

Eso fue un hecho gracioso, es lo que le iba a contar. Estaba temeroso de que la Chica fuera a aprovecharse de mi. Ella me tenía atado de pies y manos, usted sabe.

Pero se conformó con las tarifas habituales. Después de presionar los suficiente aceptó más dinero. Pero ella siempre lo tomó con el mismo desprecio, como si fuera a tirarlo en la primera alcantarilla en cuanto saliera de mi estudio.

Y tal vez lo hizo.

En cualquier caso, yo tenía dinero. Por primera vez en meses tenía suficiente para emborracharme, comprar nueva ropa, tomar taxis. Podía incluso conseguirme una chica. Bastaba con elegir alguna.

Y naturalmente tuve que escoger.

Pero primero permitame platicarle sobre Papá Munsch.

Papá Munsch no fue el primero en querer conocer a mi modelo pero creo que si fue el primero en ser sutil con ella. Podía ver el cambio en sus ojos cuando veía las fotografías. Comenzó a portarse sentimental, respetuoso. Mamá Munsch había muerto dos años antes.

Era muy astuto en la forma en que empezó a planear todo. Me hizo soltarle alguna información sobre cuando iría a trabajar a mi estudio, y luego una mañana llegó golpeando las escaleras minutos antes de la sesión.

-'Tengo que verla Dave' - me dijo.

Discutí con el, lo paré. Le expliqué que tan seria era ella con sus ideas locas. Le señalé que nos cortaría la garganta. Me sentí amenazado por como berreó.

El no era habitualmente de esa forma. Solo repetía -'Pero Dave, tengo que verla.'

La puerta de la entrada azotó.

-'Es ella' -le dije bajando la voz. -'Tiene que irse ahora.'

El no lo haría, así que lo metí en el cuarto obscuro. -'Y guarde silencio.' - le susurré. -'Le diré que no puedo trabajar hoy.'

Sabía que él trataría de verla y probablemente venir a molestarla, pero no había nada que yo pudiera hacer.

Los pasos vinieron del cuarto piso. Pero ella nunca se mostró en la entrada. Me perturbó.

- '¡Saca a ese vago de aquí! - gritó detrás de la puerta no muy fuerte pero habitual tono de voz.

-'Me voy a parar en el siguiente descanso y si ese vago grasoso no se va en linea recta a la calle, nunca conseguirá otra foto de mí excepto escupiendo su asquerosa cerveza.'- dijo.

Papá Munsch salió del cuarto obscuro. Estaba blanco. No volteó a verme cuando salió. Nunca volvió a ver sus fotos frente a mi.

Ese fue Papá Munsch. Ahora soy yo de quien estoy hablando. Hablé del tema con ella, me dí a entender y eventualmente me le insinué.

Ella levantó mi mano como si fuera un trapo húmedo.

-'Nix, bebé, es hora de trabajar' -me dijo.

-'Pero después de todo presioné.'

-'Las reglas se mantienen.' Y creo que me regaló la quinta sonrisa.

Por difícil que sea de creer, ella nunca se movió un ápice de esa loca postura.

No debí insinuarme en la oficina, porque nuestro trabajo era muy importante y ella lo amaba, no debía haber ninguna distracción.

Y que no pude verla en ningun otro sitio, y vaya que lo intenté. Nunca presione para obtener otra foto de ella con todo ese dinero entrando todo el tiempo, nunca lo suficientemente estúpido como para pensar que mi estilo fotográfico tenía que hacer algo con ella.

Claro que no hubiera sido humano si hubiera dado más pasos. Lo que obtuve fue el trato de 'trapo mojado' y no hubo más sonrisas.

Cambié. Fui una clase de loco y aturdido - algunas veces sentí que mi cabeza iba a estallar. Por lo que empecé a hablar con ella todo el tiempo. De mi mismo.

Era como estar en un delirio constante que nunca interfirió con los negocios. No prestaba más atención a la sensación constante de mareo. Parecía natural.

Caminé alrededor, por un momento el reflector me pareció más una hoja de acero al rojo vivo, o las sombras que parecían ejércitos de polillas, o incluso la cámara era como si fuera un auto grande negro como el carbón. Pero para el siguiente momento vinieron otra vez.

Pienso que en algunas ocasiones me aterraba que ella muriera. Me parecía la persona más extraña y horrible del mundo. Pero en otra circunstancia...

Y hablé. No importaba que estaba haciendo - iluminándola, su representación, si me quejaba de los accesorios, si ajustaba las tomas - o donde estaba - en la plataforma, detrás de la pantalla, distrayéndose con una revista - Mantuve una charla constante.

Le dije todo lo que sabía de mi mismo. Sobre mi primera chica. Sobre la bicicleta de mi hermano Bob. Cuando huí en un transporte de mercancía y de el regaño de Pa cuando regresé a casa. Le hablé sobre los gastos de envío a Sudamérica y del cielo azul de noche. Le conté sobre Betty. Sobre mi madre muriendo de cáncer. De lo que es ser golpeado en una pelea callejera detrás de un bar. Le dije sobre Mildred. Le hablé sobre la primera foto que vendí. Como se ve Chicago desde un velero. La borrachera más larga en la que he estado. Le hablé sobre Marsh-Manson. Le hablé sobre Gwen. Le dije como fue que conocí a Papa Munsch. Sobre como la estaba cazando. Como me sentía ahora.

Ella nunca prestó atención a lo que le dije. Probablemente ni siquiera me escuchó.

Fue entonces cuando obtuvimos nuestra primera ganancia de anunciantes nacionales y decidí seguirla cuando se fuera a casa.

Espere, puedo darle algo mejor que eso. Algo recordará de los periódicos foráneos -esos de los posibles asesinatos que le mencioné. Creo que fueron seis en total.

Digo 'posiblemente' porque la policía nunca confirmó si fueron ataques al corazón. Pero hay muchas posibilidades de sospecha cuando los ataques al corazón suceden a personas cuyos corazones están bien, y siempre de noche cuando se encontraban solos y lejos de casa y no hay una explicación de lo que estaban haciendo.

Las seis muertes generaron uno de esos 'misterios venenosos' que asustan. Y después de todo, no hubo una seguridad de que hubieran parado realmente, pero que continúan sucediendo de una forma menos sospechosa.

Hay una situación que me aterroriza en este instante.

Pero en ese momento lo único que me podía dar alivio era seguirla.

Trabajamos hasta el anochecer. No necesité ninguna excusa. Nos nevaron las ordenes. Esperé hasta que azotó la puerta de la calle, entonces corrí hacia abajo. Llevaba puestos unos zapatos de goma. Me había metido en un abrigo negro que nunca me había visto con un sombrero negro.

Me paré en la puerta hasta que la ubiqué. Iba caminando por el Parque Ardleigh hacia el corazón de la ciudad. Era una de esas cálidas noches de otoño. La seguí por el otro lado de la calle. Mi idea para esta noche era averiguar donde vivía. Eso me daría el control. Se detuvo frente al escaparate de la tienda de departamentales Everly, parada justo detrás del resplandor. Se quedó mirando al interior.

Recordé que habíamos hecho una fotografía enorme para Everly, un modelo plano para una exhibición de ropa interior. Eso era lo que ella estaba viendo .

En ese momento me pareció que con toda razón se estaba adorando a si misma, si eso era lo que estaba haciendo.

Cuando la gente pasaba ella se alejaba un poco o se desviaba hacia las sombras.

Entonces vino un hombre en solitario. No pude ver su cara con claridad, parecía de mediana edad. Paró y se quedó viendo por la ventana.

Ella salió de las sombras y se paro justo a un costado de el.

Amigos, ¿cómo se sentirían si estuvieran viendo el poster de la Chica y de repente percatarse que ella esta a tu lado, con un brazo conectado al suyo?

La reacción de este sujeto fue clara como el día. Lo que era solo un sueño había llegado a su vida.

Hablaron por un momento. Inmediatamente llamó un taxi a la acera. Subieron y desaparecieron.

Esa noche me emborraché. Es como si ella hubiera sabido que la seguía y que lo hizo de esa forma para herirme. Y tal vez lo hizo. Tal vez esa era la meta.

Pero a la mañana siguiente ella llegó a la hora habitual y yo estaba de vuelta al éxtasis, solo que ahora con ángulos agregados.

Esa noche cuando la seguí nuevamente eligió un lugar debajo de un farol, frente a una valla de la Chica Munsch.

Ahora me aterroriza pensar que ella estaba al acecho de esa manera.

Después de veinte minutos un auto convertible lentamente llegó por ella, con el respaldo arriba se acercó a la acera.

Estaba más cerca esta vez. Tuve una buena vista del rostro del individuo. Era un poco más joven que yo.

A la mañana siguiente el mismo rostro me miró desde la primera página del periódico. El vehículo descapotable se había encontrado estacionado en una calle secundaria. El hombre había estado en el auto. Tal como en los otros casos de posible-asesinato, la causa de muerte era incierta.

Ese día toda clase de pensamientos giraron en mi cabeza, pero solo había dos cosas que daba por hecho. Que tuve el primer verdadero ofrecimiento de un publicista nacional, y que iba en camino a tomar el brazo de la Chica y bajar las escaleras cuando termináramos de trabajar.

No pareció sorprendida. -'¿Sabes lo que estás haciendo?' - me dijo.

- 'Lo sé.'

Ella sonrió. -'Me preguntaba hasta cuando lo ibas a hacer.'

Me empecé a sentir bien. La despedida estaba por llegar, pero todavía tenía mi brazo alrededor de su figura.

Era otro de esos cálidos atardeceres de otoño. Cruzamos por el parque Ardleigh. Estaba obscuro, pero todo el cielo estaba rosa e iluminaba todos los carteles publicitarios.

Caminamos por el parque un largo rato. Ella no dijo nada y ni siquiera me miró, pero podía ver que sus labios temblaban, después de un momento se aferró a mi brazo. Nos detuvimos. Habíamos estado caminando por el pasto. Se dejó caer e hizo que yo cayera encima de ella. Puso sus manos en mis hombros. Yo la veía directamente al rostro. Era de un pálido rosa reflejado del cielo. Sus ojos hambrientos tenían manchas obscuras.

Busqué a tientas su blusa. Entonces apartó mi mano, no como en el estudio. - 'No quiero eso,' - dijo.

Le diré primero lo que hice y posteriormente porque lo hice. Por último lo que ella dijo.

Lo que hice fue salir corriendo. No recuerdo todo a causa del constante mareo, el cielo se balanceaba otra vez contra los árboles negros. Después de un rato me tambaleaba debajo de las luces de la calle. Al siguiente día cerré el estudio. El teléfono estaba sonando cuando cerré las puertas y las letras cayeron al suelo. Nunca volví a ver a la Chica en persona. Si es la palabra correcta.

Lo hice porque no quería morir. No quería que me sacara la vida. Hay vampiros y los que chupan sangre no son los peores. De no haber sido por la advertencia de los constantes mareos o la cara de papel de Papá Munsch en aquella mañana, habría seguido el camino de los demás. Me di cuenta de lo que tenía en contra y todavía tenía tiempo de alejarme. Reflexioné sobre que de donde sea que haya venido, en cualquier forma, era la quinta esencia del horror detrás de la brillante cartelera. Su sonrisa engaña para que tires tu dinero y tu vida a la basura. Sus ojos te llevan sin cesar para después mostrarte la muerte. Ella es la criatura a la que le dan todo sin nunca ser suficiente. Ella ha empezado o tomar todo lo que quiere sin dar nada a cambio. Cuando llegue a anhelar su rostro en los carteles, recuerde lo que le digo. Ella es el señuelo. Ella es el cebo. Ella es la Chica.


Esto es lo que ella ha dicho, -'Los quiero, quiero tu instante más alto. Quiero ser todo lo que te hace feliz y todo lo malo que te lastima. Quiero ser tu primera chica. Quiero esa bicicleta resplandeciente. Quiero acariciarte. Quiero esa cámara esteopeica. Quiero las piernas de Betty. Quiero el cielo azul lleno de estrellas. Quiero la muerte de tu madre. Quiero tu sangre en los adoquines. Quiero la boca de Mildred. Quiero la primera fotografía que vendiste. Quiero las luces de Chicago. Quiero la ginebra. Quiero las manos de Gewn. Quiero que esperes por mí. Quiero tu vida. Alimentame cariño, alimentame.





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 The  Girl  with  
the  Hungry  Eyes  
FRITZ  LEIBER 



Published in 1949.

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All right, I'll tell you why the Girl gives me the creeps. Why I can't stand to go downtown and see the mob slavering up at her on the tower, with that pop bottle or pack of cigarettes or whatever it is beside her. Why I hate to look at magazines any more because I know she'll turn up somewhere in a brassiere or a bubble bath. Why I don't like to think of millions of Americans drinking in that poisonous halfsmile.

It's quite a story—more story than you're expecting.

No, I haven't suddenly developed any long-haired indignation at the evils of advertising and the national glamour-girl complex. That'd be a laugh for a man in my racket, wouldn't it? Though I think you'll agree there's something a little perverted about trying to capitalize on sex that way. But it's okay with me. And I know we've had the Face and the Body and the Look and what not else, so why shouldn't someone come along who sums it all up so completely, that we have to call her the Girl and blazon her on all the billboards from Times Square to Telegraph Hill?

But the Girl isn't like any of the others. She's unnatural. She's morbid. She's unholy.

Oh it's 1948, is it, and the sort of thing I'm hinting at went out with witchcraft? But you see I'm not altogether sure myself what I'm hinting at, beyond a certain point. There are vampires and vampires, and not all of them suck blood.

And there were the murders, if they were murders.

Besides, let me ask you this. Why, when America is obsessed with the Girl, don't we find out more about her? Why doesn't she rate a Time cover with a droll biography inside? Why hasn't there been a feature in Life or the Post? A Profile in The New Yorker? Why hasn't Charm or Mademoiselle done her career saga? Not ready for it? Nuts!

Why haven't the movies snapped her up? Why hasn't she been on Information, Please? Why don't we see her kissing candidates at political rallies? Why isn't she chosen queen of some sort of junk or other at a convention?

Why don't we read about her tastes and hobbies, her views of the Russian situation? Why haven't the columnists interviewed her in a kimono on the top floor of the tallest hotel in Manhattan and told us who her boyfriends are?

Finally—and this is the real killer—why hasn't she ever been drawn or painted?

Oh, no she hasn't. If you knew anything about commercial art you'd know that. Every blessed one of those pictures was worked up from a photograph. Expertly? Of course. They've got the top artists on it.

But that's how it's done.

And now I'll tell you the why of all that. It's because from the top to the bottom of the whole world of advertising, news, and business, there isn't a solitary soul who knows where the Girl came from, where she lives, what she does, who she is, even what her name is.

You heard me. What's more, not a single solitary soul ever sees her— except one poor damned photographer, who's making more money off her than he ever hoped to in his life and who's scared and miserable as hell every minute of the day.

No, I haven't the faintest idea who he is or where he has his studio. But I know there has to be such a man and I'm morally certain he feels just like I said.

Yes, I might be able to find her, if I tried. I'm not sure though—by now she probably has other safeguards. Besides, I don't want to.

Oh, I'm off my rocker, am I? That sort of thing can't happen in this Year of our Atom 1948? People can't keep out of sight that way, not even Garbo?

Well I happen to know they can, because last year I was that poor damned photographer I was telling you about. Yes, last year, in 1947, when the Girl made her first poisonous splash right here in this big little city of ours.

Yes, I knew you weren't here last year and you don't know about it. Even the Girl had to start small. But if you hunted through the files of the local newspapers, you'd find some ads, and I might be able to locate you some of the old displays—I think Lovelybelt is still using one of them. I used to have a mountain of photos myself, until I burned them.

Yes, I made my cut off her. Nothing like what that other photographer must be making, but enough so it still bought this whisky. She was funny about money. I'll tell you about that.

But first picture me in 1947. I had a fourth-floor studio in that rathole the Hauser Building, catty-corner from Ardleigh Park.

I'd been working at the Marsh-Mason studios until I'd got my bellyful of it and decided to start in for myself. The Hauser Building was crummy—I'll never forget how the stairs creaked—but it was cheap and there was a skylight.

Business was lousy. I kept making the rounds of all the advertisers and agencies, and some of them didn't object to me too much personally, but my stuff never clicked. I was pretty near broke. I was behind on my rent. Hell, I didn't even have enough money to have a girl.

It was one of those dark gray afternoons. The building was awfully quiet—even with the shortage they can't half rent the Hauser. I'd just finished developing some pix I was doing on speculation for Lovelybelt Girdles and Buford's Pool and Playground—the last a faked-up beach scene. My model had left. A Miss Leon. She was a civics teacher at one of the high schools and modeled for me on the side, just lately on speculation too. After one look at the prints, I decided that Miss Leon probably wasn't just what Lovelybelt was looking for—or my photography either. I was about to call it a day.

And then the street door slammed four storeys down and there were steps on the stairs and she came in.

She was wearing a cheap, shiny black dress. Black pumps. No stockings. And except that she had a gray cloth coat over one of them, those skinny arms of hers were bare. Her arms are pretty skinny, you know, or can you see things like that any more?

And then the thin neck, the slightly gaunt, almost prim face, the tumbling mass of dark hair, and looking out from under it the hungriest eyes in the world.

That's the real reason she's plastered all over the country today, you know—those eyes. Nothing vulgar, but just the same they're looking at you with a hunger that's all sex and something more than sex. That's what everybody's been looking for since the Year One—something a little more than sex.

Well, boys, there I was, along with the Girl, in an office that was getting shadowy, in a nearly empty building. A situation that a million male Americans have undoubtedly pictured to themselves with various lush details. How was I feeling? Scared.

I know sex can be frightening. That cold, heart-thumping when you're alone with a girl and feel you're going to touch her. But if it was sex this time, it was overlaid with something else.

At least I wasn't thinking about sex.

I remember that I took a backward step and that my hand jerked so that the photos I was looking at sailed to the floor.

There was the faintest dizzy feeling like something was being drawn out of me. Just a little bit.

That was all. Then she opened her mouth and everything was back to normal for a while.

"I see you're a photographer, mister," she said. "Could you use a model?"

Her voice wasn't very cultivated.

"I doubt it," I told her, picking up the pix. You see, I wasn't impressed. The commercial possibilities of her eyes hadn't registered on me yet, by a long shot. "What have you done?"

Well she gave me a vague sort of story and I began to check her knowledge of model agencies and studios and rates and what not and pretty soon I said to her, "Look here, you never modeled for a photographer in your life. You just walked in here cold."

Well, she admitted that was more or less so.

All along through our talk I got the idea she was feeling her way, like someone in a strange place. Not that she was uncertain of herself, or of me, but just of the general situation.

"And you think anyone can model?" I asked her pityingly.

"Sure," she said.

"Look," I said, "a photographer can waste a dozen negatives trying to get one halfway human photo of an average woman. How many do you think he'd have to waste before he got a real catchy, glamorous pix of her?"

"I think I could do it," she said.

Well, I should have kicked her out right then. Maybe I admired the cool way she stuck to her dumb little guns. Maybe I was touched by her underfed look. More likely I was feeling mean on account of the way my pix had been snubbed by everybody and I wanted to take it out on her by showing her up.

"Okay, I'm going to put you on the spot," I told her. "I'm going to try a couple of shots of you.

Understand, it's strictly on spec. If somebody should ever want to use a photo of you, which is about one chance in two million, I'll pay you regular rates for your time. Not otherwise."

She gave me a smile. The first. "That's swell by me," she said.

Well, I took three or four shots, close-ups of her face since I didn't fancy her cheap dress, and at least she stood up to my sarcasm. Then I remembered I still had the Lovelybelt stuff and I guess the meanness was still working in me because I handed her a girdle and told her to go behind the screen and get into it and she did, without getting flustered as I'd expected, and since we'd gone that far I figured we might as well shoot the beach scene to round it out, and that was that.

All this time I wasn't feeling anything particular in one way or the other except every once in a while I'd get one of those faint dizzy flashes and wonder if there was something wrong with my stomach or if I could have been a bit careless with my chemicals.

Still, you know, I think the uneasiness was in me all the while.

I tossed her a card and pencil. "Write your name and address and phone," I told her and made for the darkroom.

A little later she walked out. I didn't call any good-byes. I was irked because she hadn't fussed around or seemed anxious about her poses, or even thanked me, except for that one smile.

I finished developing the negatives, made some prints, glanced at them, decided they weren't a great deal worse than Miss Leon. On an impulse I slipped them in with the pix I was going to take on the rounds next morning.

By now I'd worked long enough so I was a bit fagged and nervous, but I didn't dare waste enough money on liquor to help that. I wasn't very hungry. I think I went to a cheap movie.

I didn't think of the Girl at all, except maybe to wonder faintly why in my present womanless state I hadn't made a pass at her. She had seemed to belong to a, well, distinctly more approachable social stratum than Miss Leon. But then of course there were all sorts of arguable reasons for my not doing that.

Next morning I made the rounds. My first step was Munsch's Brewery. They were looking for a

"Munsch Girl." Papa Munsch had a sort of affection for me, though he razzed my photography. He had a good natural judgment about that, too. Fifty years ago he might have been one of the shoestring boys who made Hollywood.

Right now he was out in the plant pursuing his favorite occupation. He put down the beaded can, smacked his lips, gabbled something technical to someone about hops, wiped his fat hands on the big apron he was wearing, and grabbed my thin stack of pix.

He was about halfway through, making noises with his tongue and teeth, when he came to her. I kicked myself for even having stuck her in.

"That's her," he said. "The photography's not so hot, but that's the girl."

It was all decided. I wondered now why Papa Munsch sensed what the girl had right away, while I didn't. I think it was because I saw her first in the flesh, if that's the right word.

At the time I just felt faint.

"Who is she?" he asked.

"One of my new models." I tried to make it casual.

"Bring her out tomorrow morning," he told me. "And your stuff. We'll photograph her here. I want to show you.

"Here, don't look so sick," he added. "Have some beer."

Well I went away telling myself it was just a fluke, so that she'd probably blow it tomorrow with her inexperience, and so on.

Just the same, when I reverently laid my next stack of pix on Mr. Fitch, of Lovelybelt's rose-colored blotter, I had hers on top.

Mr. Fitch went through the motions of being an art critic. He leaned over backward, squinted his eyes, waved his long fingers, and said, "Hmmm. What do you think, Miss Willow? Here, in this light. Of course the photograph doesn't show the bias cut. And perhaps we should use the Lovelybelt Imp instead of the Angel. Still, the girl… Come over here, Binns." More finger-waving. "I want a married man's reaction."

He couldn't hide the fact that he was hooked.

Exactly the same thing happened at Buford's Pool and Playground, except that Da Costa didn't need a married man's say-so.

"Hot stuff," he said, sucking his lips. "Oh, boy, you photographers!"

I hot-footed it back to the office and grabbed up the card I'd given to her to put down her name and address.

It was blank.

I don't mind telling you that the next five days were about the worst I ever went through, in an ordinary way. When next morning rolled around and I still hadn't got hold of her, I had to start stalling.

"She's sick," I told Papa Munsch over the phone.

"She at a hospital?" he asked me.

"Nothing that serious." I told him.

"Get her out here then. What's a little headache?"

"Sorry, I can't."

Papa Munsch got suspicious. "You really got this girl?"

"Of course I have."

"Well, I don't know. I'd think it was some New York model, except I recognized your lousy photography."

I laughed.

"Well look, you get her here tomorrow morning, you hear?"

"I'll try."

"Try nothing. You get her out here."

He didn't know half of what I tried. I went around to all the model and employment agencies. I did some slick detective work at the photographic and art studios. I used up some of my last dimes putting advertisements in all three papers. I looked at high school yearbooks and at employee photos in local house organs. I went to restaurants and drugstores, looking for waitresses, and to dime stores and department stores, looking at clerks. I watched the crowds coming out of movie theatres. I roamed the streets.

Evenings I spent quite a bit of time along Pick-up Row. Somehow that seemed the right place.

The fifth afternoon I knew I was licked. Papa Munsch's deadline—he'd given me several, but this was it—was due to run out at six o'clock. Mr. Fitch had already canceled.

I was at the studio window, looking out at Ardleigh Park.

She walked in.

I'd gone over this moment so often in my mind that I had no trouble putting on my act. Even the faint dizzy feeling didn't throw me off.

"Hello," I said, hardly looking at her.

"Hello," she said.

"Not discouraged yet?"

"No." It didn't sound uneasy or defiant. It was just a statement.

I snapped a look at my watch, got up and said curtly, "Look here, I'm going to give you a chance.

There's a client of mine looking for a girl your general type. If you do a real good job you may break into the modeling business.

"We can see him this afternoon if we hurry." I said. I picked up my stuff. "Come on. And next time, if you expect favors, don't forget to leave your phone number."

"Uh, uh," she said, not moving.

"What do you mean?" I said.

"I'm not going to see any client of yours."

"The hell you aren't," I said. "You little nut, I'm giving you a break."

She shook her head slowly. "You're not fooling me, baby, you're not fooling me at all. They want me."

And she gave me the second smile.

At the time I thought she must have seen my newspaper ad. Now I'm not so sure.

"And now I'll tell you how we're going to work," she went on. "You aren't going to have my name or address or phone number. Nobody is. And we're going to do all the pictures right here. Just you and me."

You can imagine the roar I raised at that. I was everything—angry, sarcastic, patiently explanatory, off my nut, threatening, pleading.

I would have slapped her face off, except it was photographic capital.

In the end all I could do was phone Papa Munsch and tell him her conditions. I know I didn't have a chance, but I had to take it.

He gave me a really angry bawling out, said "no" several times and hung up.

It didn't faze her. "We'll start shooting at ten o'clock tomorrow," she said.

It was just like her, using that corny line from the movie magazines.

About midnight Papa Munsch called me up.

"I don't know what insane asylum you're renting this girl from," he said, "but I'll take her. Come around tomorrow morning and I'll try to get it through your head just how I want the pictures. And I'm glad I got you out of bed!"

After that it was a breeze. Even Mr. Fitch reconsidered and after taking two days to tell me it was quite impossible, he accepted the conditions too.

Of course you're all under the spell of the Girl, so you can't understand how much self-sacrifice it represented on Mr. Fitch's part when he agreed to forego supervising the photography of my model in the Lovelybelt Imp or Vixen or whatever it was we finally used.

Next morning she turned up on time according to her schedule, and we went to work. I'll say one thing for her, she never got tired and she never kicked at the way I fussed over shots. I got along okay except I still had the feeling of something being shoved away gently. Maybe you've felt it just a little, looking at her picture.

When we finished I found out there were still more rules. It was about the middle of the afternoon. I started down with her to get a sandwich and coffee.

"Uh uh," she said, "I'm going down alone. And look, baby, if you ever try to follow me, if you ever so much as stick your head out that window when I go, you can hire yourself another model."

You can imagine how all this crazy stuff strained my temper—and my imagination. I remember opening the window after she was gone—I waited a few minutes first—and standing there getting some fresh air and trying to figure out what could be back of it, whether she was hiding from the police, or was somebody's ruined daughter, or maybe had got the idea it was smart to be temperamental, or more likely Papa Munsch was right and she was partly nuts.

But I had my pix to finish up.

Looking back it's amazing to think how fast her magic began to take hold of the city after that.

Remembering what came after, I'm frightened of what's happening to the whole country—and maybe the world. Yesterday I read something in Time about the Girl's picture turning up on billboards in Egypt.

The rest of my story will help show you why I'm frightened in that big general way. But I have a theory, too, that helps explain, though it's one of those things that's beyond that "certain point." It's about the Girl. I'll give it to you in a few words.

You know how modern advertising gets everybody's mind set in the same direction, wanting the same things, imagining the same things. And you know the psychologists aren't so sceptical of telepathy as they used to be.

Add up the two ideas. Suppose the identical desires of millions of people focused on one telepathic person. Say a girl. Shaped her in their image.

Imagine her knowing the hiddenmost hungers of millions of men. Imagine her seeing deeper into those hungers than the people that had them, seeing the hatred and the wish for death behind the lust. Imagine her shaping herself in that complete image, keeping herself as aloof as marble. Yet imagine the hunger she might feel in answer to their hunger.

But that's getting a long way from the facts of my story. And some of those facts are darn solid. Like money. We made money.

That was the funny thing I was going to tell you. I was afraid the Girl was going to hold me up. She really had me over a barrel, you know.

But she didn't ask for anything but the regular rates. Later on I insisted on pushing more money at her, a whole lot. But she always took it with that same contemptuous look, as if she were going to toss it down the first drain when she got outside.

Maybe she did.

At any rate, I had money. For the first time in months I had money enough to get drunk, buy new clothes, take taxicabs. I could make a play for any girl I wanted to. I only had to pick.

And so of course I had to go and pick—

But first let me tell you about Papa Munsch.

Papa Munsch wasn't the first of the boys to try to meet my model but I think he was the first to really go soft on her. I could watch the change in his eyes as he looked at her pictures. They began to get sentimental, reverent. Mama Munsch had been dead for two years.

He was smart about the way he planned it. He got me to drop some information which told him when she came to work, and then one morning he came pounding up the stairs a few minutes before.

"I've got to see her, Dave," he told me.

I argued with him, I kidded him. I explained he didn't know just how serious she was about her crazy ideas. I pointed out he was cutting both our throats. I even amazed myself by bawling him out.

He didn't take any of it in his usual way. He just kept repeating, "But, Dave, I've got to see her."

The street door slammed.

"That's her," I said, lowering my voice. "You've got to get out."

He wouldn't, so I shoved him in the darkroom. "And keep quiet," I whispered. "I'll tell her I can't work today."

I knew he'd try to look at her and probably come busting in, but there wasn't anything else I could do.

The footsteps came to the fourth floor. But she never showed at the door. I got uneasy.

"Get that bum out of there!" she yelled suddenly from beyond the door. Not very loud, but in her commonest voice.

"I'm going up to the next landing," she said, "And if that fat-bellied bum doesn't march straight down to the street, he'll never get another pix of me except spitting in his lousy beer."

Papa Munsch came out of the darkroom. He was white. He didn't look at me as he went out. He never looked at her pictures in front of me again.

That was Papa Munsch. Now it's me I'm telling about. I talked about the subject with her, I hinted, eventually I made my pass.

She lifted my hand off her as if it were a damp rag.

"Nix, baby," she said. "This is working time."

"But afterward…"I pressed.

"The rules still hold." And I got what I think was the fifth smile.

It's hard to believe, but she never budged an inch from that crazy line. I mustn't make a pass at her in the office, because our work was very important and she loved it and there mustn't be any distractions.

And I couldn't see her anywhere else, because if I tried to, I'd never snap another picture of her—and all this with more money coming in all the time and me never so stupid as to think my photography had anything to do with it.

Of course I wouldn't have been human if I hadn't made more passes. But they always got the wet-rag treatment and there weren't any more smiles.

I changed. I went sort of crazy and light-headed—only sometimes I felt my head was going to burst.

And I started to talk to her all the time. About myself.

It was like being in a constant delirium that never interfered with business. I didn't pay attention to the dizzy feeling. It seemed natural.

I'd walk around and for a moment the reflector would look like a sheet of white-hot steel, or the shadows would seem like armies of moths, or the camera would be a big black coal car. But the next instant they'd come all right again.

I think sometimes I was scared to death of her. She'd seem the strangest, horriblest person in the world.

But other times…

And I talked. It didn't matter what I was doing—lighting her, posing her, fussing with props, snapping my pix—or where she was—on the platform, behind the screen, relaxing with a magazine—I kept up a steady gab.

I told her everything I knew about myself. I told her about my first girl. I told her about my brother Bob's bicycle. I told her about running away on a freight and the licking Pa gave me when I came home.

I told her about shipping to South America and the blue sky at night. I told her about Betty. I told her about my mother dying of cancer. I told her about being beaten up in a fight in an alley behind a bar. I told her about Mildred. I told her about the first picture I ever sold. I told her how Chicago looked from a sailboat. I told her about the longest drunk I was ever on. I told her about Marsh-Mason. I told her about Gwen. I told her about how I met Papa Munsch. I told her about hunting her. I told her about how I felt now.

She never paid the slightest attention to what I said. I couldn't even tell if she heard me.

It was when we were getting our first nibble from national advertisers that I decided to follow her when she went home.

Wait, I can place it better than that. Something you'll remember from the out-of-town papers—those maybe-murders I mentioned. I think there were six.

I say "maybe" because the police could never be sure they weren't heart attacks. But there's bound to be suspicion when heart attacks happen to people whose hearts have been okay, and always at night when they're alone and away from home and there's a question of what they were doing.

The six deaths created one of those "mystery poisoner" scares. And afterward there was a feeling that they hadn't really stopped, but were being continued in a less suspicious way.

That's one of the things that scares me now.

But at that time my only feeling was relief that I'd decided to follow her.

I made her work until dark one afternoon. I didn't need any excuses, we were snowed under with orders.

I waited until the street door slammed, then I ran down. I was wearing rubber-soled shoes. I'd slipped on a dark coat she'd never seen me in, and a dark hat.

I stood in the doorway until I spotted her. She was walking by Ardleigh Park toward the heart of town. It was one of those warm fall nights. I followed her on the other side of the street. My idea for tonight was just to find out where she lived. That would give me a hold on her.

She stopped in front of a display window of Everly's department store, standing back from the glow.

She stood there looking in.

I remembered we'd done a big photograph of her for Everly's, to make a flat model for a lingerie display. That was what she was looking at.

At the time it seemed all right to me that she should adore herself, if that was what she was doing.

When people passed she'd turn away a little or drift back farther into the shadows.

Then a man came by alone. I couldn't see his face very well, but he looked middle-aged. He stopped and stood looking in the window.

She came out of the shadows and stepped up beside him.

How would you boys feel if you were looking at a poster of the Girl and suddenly she was there beside you, her arm linked with yours?

This fellow's reaction showed plain as day. A crazy dream had come to life for him.

They talked for a moment. Then he waved a taxi to the curb. They got in and drove off.

I got drunk that night. It was almost as if she'd known I was following her and had picked that way to hurt me. Maybe she had. Maybe this was the finish.

But the next morning she turned up at the usual time and I was back in the delirium, only now with some new angles added.

That night when I followed her she picked a spot under a street lamp, opposite one of the Munsch Girl billboards.

Now it frightens me to think of her lurking that way.

After about twenty minutes a convertible slowed down going past her, backed up, swung in to the curb.

I was closer this time. I got a good look at the fellow's face. He was a little younger, about my age.

Next morning the same face looked up at me from the front page of the paper. The convertible had been found parked on a side street. He had been in it. As in the other maybe-murders, the cause of death was uncertain.

All kinds of thoughts were spinning in my head that day, but there were only two things I knew for sure.

That I'd got the first real offer from a national advertiser, and that I was going to take the Girl's arm and walk down the stairs with her when we quit work.

She didn't seem surprised. "You know what you're doing?" she said.

"I know."

She smiled. "I was wondering when you'd get around to it."

I began to feel good. I was kissing everything good-bye, but I had my arm around hers.

It was another of those warm fall evenings. We cut across into Ardleigh Park. It was dark there, but all around the sky was a sallow pink from the advertising signs.

We walked for a long time in the park. She didn't say anything and she didn't look at me, but I could see her lips twitching and after a while her hand tightened on my arm.

We stopped. We'd been walking across the grass. She dropped down and pulled me after her. She put her hands on my shoulders. I was looking down at her face. It was the faintest sallow pink from the glow in the sky. The hungry eyes were dark smudges.

I was fumbling with her blouse. She took my hand away, not like she had in the studio. "I don't want that," she said.

First I'll tell you what I did afterward. Then I'll tell you why I did it. Then I'll tell you what she said.

What I did was run away. I don't remember all of that because I was dizzy, and the pink sky was swinging against the dark trees. But after a while I staggered into the lights of the street. The next day I closed up the studio. The telephone was ringing when I locked the door and there were unopened letters on the floor. I never saw the Girl again in the flesh, if that's the right word.

I did it because I didn't want to die. I didn't want the life drawn out of me. There are vampires and vampires, and the ones that suck blood aren't the worst. If it hadn't been for the warning of those dizzy flashes, and Papa Munsch and the face in the morning paper, I'd have gone the way the others did. But I realized what I was up against while there was still time to tear myself away. I realized that wherever she came from, whatever shaped her, she's the quintessence of the horror behind the bright billboard.

She's the smile that tricks you into throwing away your money and your life. She's the eyes that lead you on and on, and then show you death. She's the creature you give everything for and never really get.

She's the being that takes everything you've got and gives nothing in return. When you yearn toward her face on the billboards, remember that. She's the lure. She's the bait. She's the Girl.

And this is what she said, "I want you. I want your high spots. I want everything that's made you happy and everything that's hurt you bad. I want your first girl. I want that shiny bicycle. I want that licking. I want that pinhole camera. I want Betty's legs. I want the blue sky filled with stars. I want your mother's death. I want your blood on the cobblestones. I want Mildred's mouth. I want the first picture you sold. I want the lights of Chicago. I want the gin. I want Gwen's hands. I want your wanting me. I want your life. Feed me, baby, feed me.



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